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"Soy un bicho de la tierra como cualquier ser humano, con cualidades y defectos, con errores y aciertos, -déjenme quedarme así- con mi memoria, ahora que yo soy. No quiero olvidar nada."



José Saramago

sábado, 11 de septiembre de 2010

A TREINTA AÑOS DE ESCRITURA. ANTOLOGÍA PERSONAL. DEL LIBRO "POR ÍNSULAS EXTRAÑAS" DE ANDRÉS MORALES




(Por Ínsulas extrañas. Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1982)



Por ínsulas extrañas






Por ínsulas extrañas
una paloma descansa
sus huesos derramados.


Del hierro muerto nace
la piel desencajada;
del hierro, dientes huecos
acechan en la puerta.


Por siglos negra y seca
la sangre nos espera,
la reja demolida,
la casa negra y seca.


Del agua resbalando
la muerte nos señala,
nos hiere, nos enciende.


Por mármoles, ciudades,
el ojo no se cierra:
miramos los espejos.


Del sueño caminamos
al sueño bostezando
y en trenes y estaciones
perdemos la nostalgia.


Por huesos la paloma
levanta las tormentas,
por brazos las extiende:


Del círculo de fuego
llegamos al desierto,
vendimos las antorchas,
clavamos las campanas.


Por últimos caminos
se doblan los planetas:


Por ínsulas extrañas
descansan las palomas
mordiendo sus heridas.


Las águilas del odio.




El hombre cruel




En sus uñas las señales,
las invasiones de los perros,
el crepúsculo glacial,
la cara oculta y nueva
de la muerte.


Le duelen los dedos,
los ojos se le caen
y un par de sus dientes
le muerden el sueño.


La tarde:
descubrió los parques,
unas calles,
la distancia.


La tarde:
terminó las hojas,
los besos,
la visiones.




Las visiones de Tiresias



A mi padre




Yo, Tiresias, anciano de arrugados pezones,
Percibí la escena y predije lo demás...


T. S. Eliot



I. Autorretrato




Yo, que he perdido relojes
durante todo el invierno,
abierto y extendido,
en toda mi razón,
por los desconocidos muros
escribiré legando mis anteojos,
debajo de estas letras,
las visiones de un ciego que respira
destruyendo oleajes.




II. Del silencio




Pausa.


La sala espera inquieta.


(El sordo traga saliva,
murmura cantando
y espera).


Pausa.


Alguien agita el programa,
los niños se ríen.


El silencio se esconde en las cuerdas,
la tarde bosteza,
se pierde.




III. Del amor




Besar espinas,
acariciar un gato muerto.


No existen cadáveres amantes,
sólo huesos caídos,
heridas cansadas.


Desde mi caja de jabón
declaro hacia el parque,
hacia las avenidas y teatros,
hacia las claveras:


No existen cadáveres amantes
ni besos, ni ojos entornados,
sólo huesos caídos,


no el amor.




IV. Del mar




Una herida de hielo
y un ojo se levantan.


Caen,
se destruyen.


El aire caliente
y las piedras
están construyendo un muro nuevo.


Una herida de hielo
y una grieta.


Caen,
se levantan.




V. De las ciudades




Corren las palomas
en su vuelo
y el tren se detiene
en una puerta.


Las ciudades son espejos,
relámpagos de olvido,
catapultas.


Las calles no terminan.


Las ciudades no son un laberinto,
son la entrada al desierto de los cuartos,
al cadáver de sal,
al arquitecto.




VI. De la muerte




Queriendo reunir la sangre
sin alterar las amapolas,
queriendo decir de una vez
la única y ciega verdad,
les aseguro,
la muerte es algo lento,
no se espera,
se nace con sus dientes
y va creciendo en cada despedida,
en cada hijo, en cada sombra.


Yo dejo las palabras y las luces,
(¡Enciendan una vela!)
yo les dejo mi muerte,
clávenla en la puerta de la iglesia,
les dejo mis cenizas,
fabriquen una cruz de hierro.


(Una mosca sobrevuela las ciudades).


No ha pasado nada.


(Un caballo muerde trece letras).


Les dejo mi fosa.


Les dejo los desiertos.




La herida




La herida de las piedras,
el árbol de barro
y el grano.


Una voz,
la herida de todos los mares,
el ancho cerco de cenizas,
el muro que bailaba.


La sangre perdida,
el frío de la sangre.


La herida,
el golpe ondulante,
la mano de mármol
y hojas
y cadenas.


Una voz,
la profundidad del fuego:


El silencio.






Los museos de cera




La miseria cuelga
en los espejos
de los museos de cera.


Mientras el calor se funde
en la fuerza de los vidrios,
detrás de la puerta
el viento camina cantando.


Se comunica el aliento
de los pasillos candentes.


No se encuentran salidas.


Las manos se derriten
cuando la peluca del negro
acaricia el vientre frío
del condenado en la soga.


Afuera un parque se mueve
y se rompen las calles
en los paseos de invierno.


Roma apareció una tarde
en que los ríos caían
en los árboles de tierra.


Así también la cera,
el polvo en las figuras,
las aburridas medallas
y el corazón de hierro.


Las salas se llaman ciudad
de ahogadas murallas en pieles
alertas de fuego y de sal,
cansadas de hielo,
caídas.


Plumas de abrigos resecos,
miradas de azufre polar:
Laberinto de espejos quebrados.


En las galerías, mudo camina
el viento de bronce materno,
rendido a los techos,
legando el ojo a las puertas
y el sol de la piedra
a las botellas.


Las graderías de un teatro
se llenan de abejas y fuego,
los caminos claudican en sombra,
los planetas de cera se agitan:


Un día se harán los hombres
a imagen del sol y la muerte.






Génesis, IV, 8




Negando las palabras
y tu boca,
alejando los vasos
y aeroplanos,
¿alejarás el miedo?


Devolviendo las hojas recortadas,
los periódicos, el mar,
¿regresarás a tus antiguos adivinos?


Negando los futuros continentes,
destruyendo las sombras de yeso,
las sombras de sangre,
¿conseguirás demoler a la muerte?


Porque una torre de cenizas
te cubre los extremos,
porque una garra de mármol
te desnuda sonriendo.


¿Te quedará el aire entre los brazos,
en todas las tierras y las noches,
podrás hallar tu frente?






Saint Louis Blues






A mi madre




I


Downtown


Unas ventanas cerradas:
La mujer sin dientes,
el cartel desencajado:


“Se vende aburrimiento”.


La muchacha del café y sus tazas,
las tazas del ferrocarril,
el tabaco del abuelo,
el canastillo de huesos y tazas,
la ciudad que cayó en la fosa.


Botellas rotas de una vez,
dientes rotos,
botellas, dientes, tazas.


Las calles jamás se cruzan:


Downtown is always cruel.




II


Neighbourhood


Una vecina está bailando jazz:
"Saint Louis Blues".


América,
qué lejos del sol,
de las ventanas
y escaleras con niños.


"Saint Louis Blues",
piano vertical cerrado en una pipa,
funeral del negro.


"Saint Luois Blues",
once blue,
forever in the distance.




III


Questions


¿Hay alguna ventana que ría?


Caballos de dientes gigantes,
caballos de hierro,
grises de frío,
cansados.


"Saint Luois Blues",
paraíso de hojas interiores.


¿Quién inventó los edificios,
los treinta, cuarenta, ochenta
pisos, ventanas, ascensores?


Sólo caballos, floreros, iglesias.


"Saint Louis Blues":
¿dónde está tu monumento?



IV


Here


"Saint Louis Blues":
No hay un solo trombón,
aquí somos de piedra.


Aquí inventamos los pisos de papel,
las hojas de afeitar-cuchillos,
el nuevo idioma inglés,
el calendario del perro.


Aquí
(sólo hablo de mi calle),
inventamos a mirarnos al espejo,
de allí a las ventanas,
de allí a los espejos.


Todas las fiestas son adentro,
todos los días son secretos.


Aquí,
las mujeres no enamoran,
se les cae la cabeza
cuando cumplen quince años.




V


Inside


Nunca me acostumbré a las ventanas.


Me quedaré con tus setenta y ocho revoluciones
esperando alguna verdadera,
me quedaré en la estación controlando trenes,
en los aeropuertos revisando itinerarios.


Me quedaré en la cárcel de ventanas
soñando, "Saint Louis Blues",
bicicletas, negros y vecinas
desnudas delante de mi espejo.


Me quedaré con el billete a Saint Louis,
con las luces apagadas,
en la avenida que cruza de la puerta a la cama,
en la fotografía vieja de mi abuela,
al lado del cartel:


“Se vende aburrimiento”.






Después


Todas las sendas llevan
a la podredumbre oscura.


George Trakl




Después,
lacerados los muros,
vacía la última montaña,
no cortaron el aire,
no limaron el agua.


Abiertos caerán sobre sus manos
los mármoles de sal,
las manos de un Dios
temblando en los océanos e infiernos,
perdido en los espejos y la niebla.

 La madrugada


Chiloé




La tierra abre botellas
y enciende algunas velas.


(Esconde un desierto,
se mueve).


Descubro en la arena
al pez del arpón quebrado:


La pesca del sol:


La madrugada.






Israel




En las iglesias, las campanas
dejaron el último eco
clavado en las murallas desiguales,
despertando al confesor y confesado,
recogiendo las monedas y quemando
los cirios y el incienso.


El águila cruzaba hasta la muerte
señalando la tierra prometida.


Los caballos se quedaron
mirando a los jinetes
frente a frente
y los niños jugaban a la guerra
y en el frente los soldados como niños
jugaban y perdían la partida.


El buey observaba en las paredes
desnudando a las novias y cantando.


(Los archivos se cerraron):


El ángel engendraba las cenizas
desgarrando los relojes.


(Los templos se caían bajo el polvo):


El león reía en la montaña.


Las piedras se quedaron recortadas
negando sus sombras y la tierra
mientras caía la noche en los desiertos.






El domingo de Viernes




Los borrachos se venden
los domingos por la tarde,
mientras venden gusanos,
museos, calendarios.


Una procesión de gatos señala
la muerte de Cristo
y el Viernes Santo dormita
en un abril de heridas.


El Viernes Santo disfraza
el beso espinoso
en un verano plomizo,
en un domingo común.


¿Quién inventa los desiertos,
las camas desiertas,
los platos desiertos?


El Viernes de carne de santo
prepara los huevos del odio,
cuando los niños dormidos
descubren mil conejos.


Los borrachos caminan
detrás del becerro de hierro.


La bailarina promete escenarios
de piernas enteras, de piedra
y la madre borracha dormita
cuando los curas encienden
un velón a los desiertos.


Los borrachos se caen bailando
y el Viernes del odio se cierra,
como la catedral
en la mentira caliente
del pan de los domingos.




(A Marcela Aranda Klein)

jueves, 9 de septiembre de 2010

POEMAS DE CARMEN GLORIA BERRÍOS (CHILE)



DESOLACIÓN


Recógeme
cuando me veas en una esquina
sucia y sin nombre
Ve si aún llevo mi cartera de flores
y en el caos que contiene
busca mi rosario
y pónmelo en el pecho
No dejes que repose entre pisadas
No permitas
que me cubran con diarios




CONVALESCENCIA


¿Volveré a caminar erguida
una vez más ligera de ti
dueña del mundo
y de mi misma?


¿O el peso de tu cruz
Me mantendrá agobiada y de rodillas
Hasta que vuelvas a resucitarme?




ME TRANSFORMO…


Me transformo
en la guinda marrasquino de tu helado
en la crema chantilly de tus pasteles
en el cristal azucarado
de tu taza de café


yo me transformo


y la dieta te lo impide



 I


La brevedad de tu mano
que repta por mi espalda
hace que escriba
breves
poemas
de amor




II


Tu lengua furiosa
que irrumpe entre mis labios
hace que pronuncie
sólo
vocales
abiertas




III


Mi cuerpo en llamas
incendiando al tuyo
hace que vista
de humos
y
cenizas




IV


Tu revolcar en mis caderas
me encabrita
en perversos pensamientos


y Dios


aplaude




V


Estuvimos flotando entre las sábanas
furiosos por circundarnos
Lo hicimos tres veces
antes de que el gallo cantara


Y no te niego




HAY QUE HACER…




Hay que hacer
una ampliación
en esta casa
Ya no hay dónde
guardar
tanto silencio




COLECCIONISTA




Qué hermoso ejemplar dices
mientras clavas una araña
en tu insectario


Por eso cada vez que me llamas hermosa


Tiemblo



TRA(D)ICIONES




Eva
Introduce apocalípticamente
Un trozo de manzana
En la boca de Adán




La bruja
Introduce letalmente
Un trozo de manzana
En la boca de Blanca Nieves




Mi abuela
Prepara afanosamente
Un strudel de manzana




Me inquieta el destino de mi abuelo






ACERCA DE LA TRASCENDENCIA




La naranja no sufre
porque no puede ser manzana
no cuestiona su color
ni su piel llena de poros
No le importa de qué árbol cuelga
tampoco discute
con su compañera de rama
No opone resistencia
a la mano que la toma y la desnuda
menos
a la boca que la muerde
y escupe sus semillas en un plato


Para redondear
la naranja es asumida
no le interesa trascender


Otro día les hablaré del plátano



CAOS


Todo el mundo
parece enfermo últimamente
o tiene
un funeral en perspectiva
El cielo cerró por vacaciones
y ya no es
sol
volantín
ni vía láctea
sólo un trapo desteñido
surcado por aviones
y pájaros de Hitchcock


No sé por qué ni a dónde
emigraron los deseos
las velas y las flores
por gracia concedida
La calle me parece indescifrable
incluso las palabras de los ciegos transeúntes
Todo huele a humo últimamente
a hoguera a cigarrillo
voy vestida de cenizas
dándole
la extremaunción a las cunetas


No resisto
la solemnidad de los paraguas
los anónimos zapatos
que corren hacia el metro
Detesto
la nata de esta leche
y el bostezo miserable que circunda
Creo
que necesito una navaja


Hay que hacerle una autopsia a este vacío




EXTORSIÓN


Mi ángel de la guarda
se viste en Armani
y desayuna champaña con caviar
Es el precio que le pago
para que no me acuse a Dios




Carmen Gloria Berríos nació en Santiago de Chile en 1954. Egresada de Terapia Ocupacional de la Universidad de Chile, viaja a Londres donde, incursiona en el Arte Textil y en Fotografía entre otras actividades. De vuelta a Chile, ingresa al Taller Literario “La Trastienda”, dirigido por la escritora Alejandra Basualto. Actualmente es la directora del proyecto "Lectura en Tránsito" cuyo objetivo es fomentar la lectura de poesía de autores nacionales a través de la realización de diferentes acciones de arte en espacios públicos. Cabe destacar la instalación de veintiséis cuadros digitalizados, en veinte hospitales públicos de Santiago. Sus libros de poesía son los siguientes: La Mujer Deshabitada (1990); Esa Urgencia de Vivir (1992); Esa Urgencia de Vivir (Segunda Edición, 2000); Razones Personales (1994); Prójimo de Nadie (2000) y Prontuario 1990-2000 (2000). Ha sido incluida en diversas antologías, entre las que destacan: Veinticinco años de Poesía Chilena (1970-1995) de Teresa Calderón, Tomás Harris y Lila Calderón (1996); Antología del poema breve en Chile de Floridor Pérez (1998); Mujeres poetas de Chile: Muestra antológica 1980-1995 de Linda Koski (1998); Poesía Chilena del deporte y los juegos: Siglos XVI al XXI de Floridor Pérez (2003); Trilogía Poética de las Mujeres en Hispanoamérica de Marya Aurora Saavedra ( Universidad Autónoma de México, México, 2004); El Lugar de la Memoria (2008); El árbol de los libres. Poetas de la Generación N.N. de Chile (México, 2008).

RELANZAMIENTO DE "LA BANDERA DE CHILE" DE LA POETA ELVIRA HERNÁNDEZ

sábado, 4 de septiembre de 2010

PEQUEÑO HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ A CIEN AÑOS DE SU NACIMIENTO



[UMBRIO POR LA PENA, CASI BRUNO]




Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.


Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.


Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.


No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!




[ME LLAMO BARRO AUNQUE MIGUEL ME LLAME]




Me llamo barro aunque Miguel me llame.
Barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame.


Soy un triste instrumento del camino.
Soy una lengua dulcemente infame
a los pies que idolatro desplegada.


Como un nocturno buey de agua y barbecho
que quiere ser criatura idolatrada,
embisto a tus zapatos y a sus alrededores,
y hecho de alfombras y de besos hecho
tu talón que me injuria beso y siembro de flores.


Coloco relicarios de mi especie
a tu talón mordiente, a tu pisada,
y siempre a tu pisada me adelanto
para que tu impasible pie desprecie
todo el amor que hacia tu pie levanto.


Más mojado que el rostro de mi llanto,
cuando el vidrio lanar del hielo bala,
cuando el invierno tu ventana cierra
bajo a tus pies un gavilán de ala,
de ala manchada y corazón de tierra
Bajo a tus pies un ramo derretido
de humilde miel pataleada y sola,
un despreciado corazón caído
en forma de alga y en figura de ola.


Barro en vano me invisto de amapola,
barro en vano vertiendo voy mis brazos,
barro en vano te muerdo los talones,
dándole a malheridos aletazos
sapos como convulsos corazones.


Apenas si me pisas, si me pones
la imagen de tu huella sobre encima,
se despedaza y rompe la armadura
de arrope bipartido que me ciñe la boca
en carne viva y pura,
pidiéndote a pedazos que la oprima
siempre tu pie de liebre libre y loca.


Su taciturna nata se arracima,
los sollozos agitan su arboleda
de lana cerebral bajo tu paso.
Y pasas, y se queda
incendiando su cera de invierno ante el ocaso,
mártir, alhaja y pasto de la rueda.


Harto de someterse a los puñales
circulantes del carro y la pezuña,
teme del barro un parto de animales
de corrosiva piel y vengativa uña.


Teme que el barro crezca en un momento,
teme que crezca y suba y cubra tierna,
tierna y celosamente
tu tobillo de junco, mi tormento,
teme que inunde el nardo de tu pierna
y crezca más y ascienda hasta tu frente.


Teme que se levante huracanado
del bando territorio del invierno
y estalle y truene y caiga diluviado
sobre tu sangre duramente tierno.


Teme un asalto de ofendida espuma
y teme un amoroso cataclismo.


Antes que la sequía lo consuma
el barro ha de volverte de lo mismo.




[COMO EL TORO HE NACIDO PARA EL LUTO]




Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.


Como el toro la encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.


Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.


Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.




ELEGÍA

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.


Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas


daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.


Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.


No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.


Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.


Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.


No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.


En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.


Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.


Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.


Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera


de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.


Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.


Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.


A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.




(10 de enero de 1936)


VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN




Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me avientan la garganta.


Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.


No soy de un pueblo de bueyes
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.


¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién el rayo detuvo
prisionero en una jaula?
Asturianos de braveza,
vascos de piedra brindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpago,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragonés de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como recién gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,


yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.


Crepúsculos de los bueyes
está despuntando el alba.
Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra:
Las águilas, los leones
y los toros, de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.


La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.


Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.


Cantando espero la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.



Miguel Hernández nació en Orihuela (Alicante) en 1910 y murió en la cárcel de Alicante en 1942. De origen humilde fue casi un autodidacta, formándose en la biblioteca de un sacerdote y leyendo a los clásicos españoles que influenciaron toda su obra. En 1931 realizó su primer viaje a Madrid; al año siguiente participó en Alicante en el homenaje al gran escritor levantino Gabriel Miró. Participó activamente, junto a su amigo Ramón Sijé (quien a su muerte le inspiraría la famosa elegía) en la revista de orientación cristiana “El Gallo Crisis”. Luego de varios intentos frustrados se incorpora al mundo literario madrileño, donde recibe un importante espaldarazo crítico (tras la publicación de su primer libro) de Juan Ramón Jiménez. Llegada la hora de la guerra civil es nombrado Comisario de Cultura en el batallón de “El Campesino”. Colabora, a su vez, con las revistas “Nuestra Cultura”, “El Mono Azul” y “Hora de España”. Al finalizar la guerra y no pudiendo huir hacia Portugal como había planeado es apresado y encarcelado. Los años inmediatos al fin del conflicto son extraordinariamente difíciles para Hernández, quien enfermo, es trasladado a distintas prisiones (Madrid, Cox, Valencia, Ocaña y desde 1941 al Reformatorio de Alicante donde fallecerá un año después a consecuencia de una tuberculosis pulmonar). Su obra poética está conformada por los siguientes libros: Perito en lunas (1932), El rayo que no cesa (1936), Viento del pueblo (1937), El hombre acecha (1939), Seis poemas inéditos y uno más (1951), Cancionero y romancero de ausencias (Póstumo, 1958) y Obras Completas (1959). En el teatro sobresalen sus obras Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras (auto sacramental, 1934) y El labrador de más aire (1937).


SE PUBLICA "ANTOLOGÍA PERSONAL 1970-2010" DE ALEJANDRA BASUALTO. "PRÓLOGO" por Andrés Morales




LOS AÑOS QUE NOS (A)CERCAN O “EL TIEMPO RECOBRADO”

["PRÓLOGO" A ANTOLOGÍA PERSONAL 1970-2010
DE ALEJANDRA BASUALTO]


Hace treinta años conocí la poesía de Alejandra Basualto. También conocí a la autora, con quien compartimos años extraordinariamente productivos y difíciles en el Departamento de Literatura de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación (hoy Filosofía y Humanidades) de la Universidad de Chile, junto a otros poetas y escritores de primer orden como Rodrigo Lira, Mauricio Electorat, Bárbara Délano, Armando Rubio Huidobro, Lilian Elphick, Juan Ignacio Siles (de Bolivia), Gregory Cohen, Francisco Zañartu, Margarita Niemayer, Roberto Rivera, Roberto Brodsky y tantos otros, privilegiados exponentes de, en ese entonces, la naciente “Generación de los Ochenta” o, también llamada “Generación N.N.” , o Generación de 1987. Sólo unos meses antes de iniciar nuestros estudios de literatura, conformábamos la primera promoción de escritores del ya mítico “Taller Nueve de Poesía”, dirigido por el gran poeta, ensayista y escritor, Premio Nacional de Literatura, Miguel Arteche. Allí, junto a Luisa Eguiluz, Mario Rodríguez, Violeta Camurati, Ivonne Grimal, Gémina Ahumada y otros muchos más vivimos jornadas duras pero fundamentales para encontrar y utilizar las herramientas esenciales del complicadísimo arte de la poesía. Arteche dirigía con imprescindible rigor y, a veces, con generosidad, las sesiones donde no sólo nos formó como poetas -jamás discípulos, según sus propias palabras- sino también como avezados críticos. Nada de concesiones, nada gratuito, nada superfluo. Estos dos primeros encuentros con la autora y, fundamentalmente, con su obra, me hicieron sorprenderme desde un primer instante con la extraordinaria imaginación, la dulzura contenida aunque intensa, la mirada inquisidora y la solidez absoluta de la palabra de Alejandra Basualto. Ojalá hoy, y lo digo sin tapujos, pudiésemos tener una “máquina del tiempo” para poder apreciar cuánto trabajo hubo y hay en la obra de esta poeta. Ojalá, insisto, tuviesen, muchas autoras y autores, la mitad de la perseverancia, del talento y del oficio de quien hablamos hoy.
Pero no todo fue mérito del sacrificio o de las enseñanzas del maestro (o, en lunfardo, “troesma”) Miguel Arteche. Alejandra Basualto supo volar sola y con gran, pero gran, autonomía de vuelo. Supo finalizar etapas, construir su propio imaginario, hacer como una “maga” que la palabra fuera una llave, una puerta, un océano de referencias, estímulos, emociones y de profundo pensamiento. Su poesía fue creciendo en intensidad, agrandándose en hondura y perfección. A tal punto me parece una tan notable evolución que, hoy, cualquier antología de la poesía chilena debe incluir su producción o de lo contrario estuvo, está o estará incompleta. Y aquí, una breve reflexión: me parece, y lo digo sin el entusiasmo desmesurado del amigo, del colega o de lo que sea, que su obra merece un reconocimiento mayor no sólo dentro de lo que se ha llamado “la poesía femenina” , sino, en todo este vasto universo, estrecho pero intenso, que es la poesía chilena. A tal punto es esencial su producción literaria que Basualto ha formado lectores, poetas y narradores (ella misma es una importante narradora) a la luz de su obra publicada, que ya suma muchos e imprescindibles libros, como también al alero del taller de escritura “La Trastienda” que ella fundase hace ya años y que posee, incluso, su propio sello editorial. En este sentido, tanto su poesía como su prosa han conformado un crisol que ha ido forjando nuevas generaciones y que ha mantenido, con entusiasmo y gran profesionalismo, el fuego prometeico de la verdadera creación literaria: no aquella que hace guiños al público o a la academia (léase universidades) para sumar adeptos; no la que se forja en la página de sociales de los periódicos o en alguno que otro infame suplemento literario o revistilla o, peor, en esas cátedras y camarillas herméticas que consagran y desautorizan sin ninguna seriedad y que conocen nada o sólo de forma parcial lo que es auténticamente el género poético.
Pero vamos a la obra. Desde su inicial y precoz Los ecos del sol de 1970, Alejandra Basualto, como he dicho, ha ido construyendo, de puntillas, una obra poética consistente. Si bien estos primeros poemas más que concretar, “anuncian” a la poeta que está por venir, hay textos (que se antologan aquí) que merecen toda la atención del lector. Nos hablan del futuro de esta escritura, sí, pero también nos hablan por sí mismos. “Tu puerta”, texto central en este poemario es una muestra de lo que afirmo, asentando desde un comienzo la conciencia de la propiedad de una “voz”:

(…)
“Y yo,
desde el amanecer,
arrastrando mi carga de estrellas
me allegué a tu puerta
y llamé
desde el fondo de mi voz”
(…)

Ejercicio en sol (Antología del Taller Nueve de Poesía, 1980) reúne los poemas que la autora trabajó en el ya mencionado taller de Miguel Arteche. La, digamos, “gracia” de este libro es que cada autor posee su propio estilo. El director del taller nunca quiso que sus integrantes fueran “acólitos” o seguidores de la escritura de quien, más que señalar, descubría las distintas voces que se encumbraban poco a poco con todos sus defectos y sus virtudes. La poeta, en esta selección, demuestra que ya posee el oficio, pero más que eso, que es capaz de adentrarse y ver lo que otros no ven. Es el primer amanecer de la madurez en el arte poética, donde se encuentran objetos, situaciones o personas que transmiten experiencias, historias o símbolos y donde se conmueve al lector que también “encuentra” estos asuntos o cosas como si nunca las hubiese conocido. Los poemas “1954”, “Ella duerme” o “La gota” bien pueden representar lo que afirmo.
En 1983 ve la luz, bajo el sello del Taller Nueve, El agua que me cerca, segundo libro de la autora que, en más de una ocasión, ella misma afirma que reconoce como su primer libro (olvidando sus Ecos del Sol). En este poemario Alejandra Basualto emerge como la gran poeta que es. Es un libro decantado, limpio, finísimo, pleno de referencias y de resonancias, pero, fundamentalmente, es el libro que la consagra en esa mirada única que hace transmutar, transformar y rehacer las cosas que ven esos ojos tan particulares de la autora. Aquí se puede hablar con toda propiedad de una voz indispensable, como he repetido varias veces, en la poesía chilena. Una poeta “de tomo y lomo” que logra, misteriosamente, extender en la palabra un abrazo conmovedor e inteligente hacia el desocupado lector. Léanse “Guayacán”, “Lluvia”, “Fantasmas de Nueva Inglaterra”, “Orestes”, “Electra” y tantos otros poemas:

(…)
“Es tarde, madre
Hoy me ha parido la tierra”
(…)

Dice la autora en el ya mencionado “Orestes”. “La ha parido la tierra”… ¿qué otra señal se necesita para entender su conexión con el mundo? Alejandra Basualto está cercada por el agua, como una isla en medio del Océano Pacífico, pero es tierra, es de tierra, de la tierra. Su poesía, sin caer en la moda de los coloquialismos baratos “aprés la lecture de Nicanor Parra” es tan natural, espontánea y libre como es el espíritu de quien tiene los pies en la tierra y la cabeza en el cielo… Con todo lo extraño que esto pueda sonar, pero es la “pura verdad”. Todo gran poeta posee esa imaginación que desborda y construye, pero todo gran poeta es testigo y crítico de su tiempo. Alejandra lo es desde su obra que se fundamenta en las palabras que la constituyen y no en los halagos vacíos de una crítica que poco ha dicho, en general, de la generación de los ochenta y de la poesía chilena de los últimos cuarenta años.
En la década de los ochenta se suceden diversas antologías (1984, 1987, etc.) que recogen la obra de la autora. Aquí, Basualto continúa su firme andadura. En estas compilaciones la poeta aprovecha de publicar textos nuevos (hay que recordar las grandes dificultades para publicar poesía en esos años de la dictadura ) y desenvuelve nuevos temas y preocupaciones. Dos temas se profundizan en los poemas de esta época: por un lado, el “viaje interior”, el recorrido que cuestiona el propio ser y que, ansioso, busca respuestas a las grandes preguntas de todos los tiempos; por otro lado, la conciencia del ser femenino, pero no en un combate estéril en la consabida “guerra de los sexos”, sino el descubrimiento de la diferencia de perspectiva que se asienta en el mundo de una manera distinta. Si bien, Basualto escribe algunos poemas desde lo que se ha llamado el “género”, esta es sólo una etapa para consolidar la universalidad de su voz.
El año 1993 es la fecha de aparición de su tercer volumen de poemas, Las malamadas. La mirada crítica se aúna con la madurez del espíritu. Los poemas nos hablan, desde el título, de una franca desilusión de todos aquellos fetiches o concepciones clisés de la vida y la literatura. Hay un dejo de amargura, pero siempre combinado con una dosis de desmitificación e ironía que eleva el canto y lo aleja del gemido y del llanto. Se toma conciencia de todo y se ve al mundo desde múltiples caleidoscopios que deforman intencionalmente la realidad. La autoironía, también, es un elemento central, como queda en evidencia en este excelente poema:

Acúsome
de intolerancia
en materia de mal de amores
y que no vengan después a hablarme
de altos o bajos umbrales
de dolores

Acúsome
de inconsciencia e incongruencia
pero no puedo
dejar
de respirar
la contaminada niebla tuya
que me verduga


Por otra parte, este libro juega con la gráfica, se abre, se despliega, dibuja con la “mancha” del poema. La autora experimenta en el tono y en la apariencia del poema, pero siempre con el cuidado de la orfebre que sabe perfectamente lo que hace.
Altovalsol, editado en 1996, nos lleva al pueblo del Valle del Elqui donde la autora pasó años de su infancia (a la que le desea “descanse en paz”). Habla la mujer vestida de niña, habla la niña vestida de mujer. El lenguaje se aclara y resbala en los años mozos y en la noria del recuerdo. Es el “tiempo recobrado”, al decir de Marcel Proust… Basualto trabaja con la memoria dando vuelta, muchas veces, la aparente dulzura hacia un discurso agraz con la clara idea que todo aquello no volverá y, en varias ocasiones, es mejor que sea así. En otros momentos, la aparición de la poesía es clave, como en el poema “XVII” en un recuerdo de la premonición de aquellos años idos:

(…)
“La pluma y la tinta luego
para escribir palabras
azules
redondas
flamantes

de par en par”

Palabras escritas “de par en par”, como ventanas que se abren a mundos insospechados. La poesía ha habitado en Alejandra desde los días en que aún no imaginaba sería poeta.
El año 2000, Basualto renueva su escritura con Casa de citas, libro que aquí se entrega en versión bilingüe. Este es, quizás, el libro más “metapoético” de la autora. Como dice en su “Invitación”, la poeta ha habitado muchas casas que han sido fundamentales en su vida, pero aquí, estas casas son también la multiplicidad de autores que ha leído y que le han acompañado a lo largo de su trayectoria literaria. Desde William Blake hasta Juan Carlos Onetti, desde Blanca Varela a Dylan Thomas… No se trata de un “ejercicio cultista” como alguno pensaría, sino de entender, al decir de Jorge Luis Borges, que la poesía es un entramado, un tejido o un palimpsesto donde siempre hay un origen y una continuidad. La poeta se inserta en la tradición para sacar de ella lo que le interesa. Utiliza esta cantera como elemento vital de su propia escritura: juega, coquetea, reflexiona sobre lo que otros han escrito para construir su propio discurso. Este poemario es probablemente uno de los más interesantes para conocer el “lado oscuro” de su poesía, para asumir de dónde viene Alejandra Basualto y hacia dónde se dirige. En el poema “Babel”, hay claves importantes:

(…)
“pero Babel nos tuerce las palabras
nos vuelve extranjeros de por vida.”


La autora se siente extranjera (como Gabriela Mistral a quién menciona con frecuencia), pero esa “extranjería” es “de por vida” y Babel (el mundo, la realidad, la vida) “nos tuerce las palabras”. El lenguaje no es suficiente, no basta para contener ni a la experiencia ni a la poesía. El ejercicio maravilloso de la escritura puede ser, a veces, tremendamente insatisfactorio. El “canon” que presenta este libro es el canon de Basualto. El despliegue del decir hace el resto: lo hila y lo condensa en apretada síntesis donde el objeto cantado (la escritura o la existencia) es el centro articulador del poema.
En su “poesía inédita” es posible constatar no sólo la continuidad de un oficio o de un arte que ya es un elemento irrenunciable en la vida de la autora, sino, esencialmente, la búsqueda de nuevas vías para expresar su verbo. Desde los “ejercicios” sobre la base de poemas de Pablo Neruda, por ejemplo, a textos como “El ángel” (¡qué extraordinario poema!) donde se alternan el texto largo y el texto breve, el descriptivo impresionista y el cargado de sentidos, ideas y emociones que, en ocasiones, colindan también con la rabia y esa fuerte crítica al mundo a la que me he referido repetidas veces. Basualto, es posible adivinarlo, prepara otro poemario para conjugar nuevamente la realidad y la magia, la ironía y la sapiencia.
Finalmente, quiero reiterar lo que dije más arriba: la poesía de Alejandra Basualto es una pieza central en la literatura escrita en Chile dentro de su generación y fuera de la misma. No me equivoco al demandar que su obra sea más difundida, más leída, más discutida (como tiene que hacerse con la producción de los grandes poetas). Quede el lector avisado: Basualto siempre va por más, y su caza, como la de la diosa Diana, es siempre provechosa.


Andrés Morales
Santiago, julio de 2010