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"Soy un bicho de la tierra como cualquier ser humano, con cualidades y defectos, con errores y aciertos, -déjenme quedarme así- con mi memoria, ahora que yo soy. No quiero olvidar nada."



José Saramago

miércoles, 8 de marzo de 2023

PRESENTACIÓN DEL LIBRO SOBRE EL POETA JONÁS: "JONÁS: JAIME GÓMEZ ROGERS, EL AMIGO DE TODOS" RECOPILADO POR ENRIQUE PIZARRO MUÑOZ (EL TABO, CHILE, 10 DE MARZO DE 2023)




 

"LAS MUJERES EN EL FOLCLOR CHILENO" POR EL POETA YVAÍN ELTIT



 

"SEGRELLES EN LA ENCRUCIJADA" A CARGO DE FELIPE HERNÁNDEZ CAVA (VALENCIA, 9 DE MARZO DE 2023)



 

PRESENTACIÓN DE DOS NUEVOS TÍTULOS DEL POETA Y NOVELISTA JUAN RAMÓN TORREGROSA EN VALENCIA (11 DE MARZO DE 2023)



 

CONVERSATORIO SOBRE "LA DESCONOCIDA MARÍA BICHON" EN LA CÁTEDRA HISPANOAMERICANA ORESTE PLATH 2023


 

PREMIO MANUEL MONTT DE CHILE: ABIERTA LA CONVOCATORIA 2023


 

Premio Manuel Montt anuncia convocatoria 2023: recepción de obras se extenderá hasta el 31 de marzo

La Universidad de Chile, en conjunto con la Fundación Pedro Montt, anuncian la apertura de este certamen que busca premiar a las más destacadas publicaciones en el área de las ciencias y la literatura, las cuales podrán recibir un premio de hasta 23 millones de pesos. La recepción de obras se extenderá del 13 al 31 de marzo de este año.

El Premio Manuel Montt, instituido por disposición testamentaria del ex Presidente Pedro Montt en homenaje a la memoria de su padre, otorga una recompensa a la mejor obra literaria o científica que se hubiese publicado en Chile o por chilenos en el extranjero en los cinco años anteriores a la edición del premio. La Convocatoria 2023, que asignará 3 premios, está dirigida a los autores cuyas respectivas obras hayan sido publicadas dentro de las fechas que se indican a continuación:

  • Premio 2018 – Ciencias: Premia obras publicadas entre el año 2013 y 2017.
  • Premio 2020 – Literatura: Premia obras publicadas entre el año 2015 y 2019.
  • Premio 2022 – Ciencias: Premia obras publicadas entre el año 2017 y 2021.

Se otorgará la suma de $23.000.000 a los ganadores del Premio de cada año incluido en esta Convocatoria, monto que podrá ser dividido por el Consejo Universitario en caso de justificarse e inclinarse por más de una obra por periodo.

Respecto a este prestigioso galardón, la vicerrectora de Extensión y Comunicaciones, Pilar Barba, destacó que “este premio, que entrega la Universidad junto a la Fundación Pedro Montt, ha reconocido a lo largo de su historia obras de gran significación, como da cuenta la lista de las y los galardonados y galardonadas recientes. Poder entregar nuevamente este reconocimiento a quienes aportan de manera significativa a las ciencias y la literatura de Chile es motivo de gran satisfacción".

Etapas y calendario de la convocatoria

La recepción de obras será desde las 10:00 horas del día 13 de marzo de 2023 hasta las 12:00 horas del día 31 de marzo de 2023, en las oficinas de la Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones ubicadas en la Casa Central de la Universidad de Chile (Avenida Libertador Bernardo O'Higgins 1058, oficina 235).

Tras la recepción de las obras, se conformarán Comisiones Evaluadoras por área, integradas por jurados de primer nivel, que informarán sobre los méritos de las publicaciones recibidas. El fallo del Consejo Universitario de la Universidad de Chile será en julio del presente año y, tras comunicarse públicamente los resultados, se realizará la ceremonia de premiación en agosto del 2023.

Para conocer más detalles de la Convocatoria, así como sus bases, se puede consultar la página web del Premio Manuel Montt, www.uchile.cl/premiomanuelmontt, y escribir al correo premiomanuelmontt@uchile.cl en caso de consultas.


domingo, 5 de marzo de 2023

HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ EN LA REAL ACADEMIA SEVILLANA DE BUENAS LETRAS (8 Y 9 DE MARZO DE 2023)



 

CONCURSO LITERARIO EN CONMEMORACIÓN DE LOS 50 AÑOS DEL GOLPE MILITAR EN CHILE: HOMENAJE A JOSÉ MONSALVE SANDOVAL



 

NUEVO NÚMERO DE LA REVISTA "REALIDADES Y FICCIONES (RyF)"

 



REALIDADES Y FICCIONES (RyF) 

XIII Año de publicaciones ininterrumpidas 

 

REVISTA LITERARIA REALIDADES Y FICCIONES (Año XIII) 

Invitamos a leer estos DOS NUEVOS números literarios de REALIDADES Y FICCIONES.  

Respuestas a: zab_he@hotmail.com 

PARA COLABORAR solicite las NORMAS EDITORIALES a: zab_he@hotmail.com

Inscripción gratis como LECTOR o COLABORADOR, indicando nombre y apellido, email, ciudad y país (sin más datos).  

 

• Revista Nº 52 - https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2022/12/realidades-y-ficciones-revista.html 

• Alberto Arenas, peluquero y cirujano. (Fernando Sorrentino) 

• Enmudecer para sobrevivir. “El gueto interior” de Santiago H. Amigorena. (Anna Rossell) 

• El poder de la vivencia. “Las inseparables” de Simone de Beauvoir. (Anna Rossell) 

• Borges, Carpentier y el adjetivo. (Ángel Gavidia Ruiz) 

• Con el vivo fulgor de una joya antigua. “El final de los Villavide” de Louise de Vilmorin. (Luis Benítez) 

• Encendidas teas para la oscuridad. Antologar sin método. (Adán Echeverría) 

• En quién creemos. (Miguel Arenas Martín) 

• Sobre la complicada X. (Héctor Zabala) 

Nuevo colaborador de Realidades y Ficciones: 

            Miguel Arenas Martín, Madrid, España 

 

•Suplemento Nº 96 - https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2022/12/suplemento-de-realidades-y-ficciones-n.html 

• Anna ROSSELL (España) 

• Jorge ETCHEVERRY ARCAYA (Chile - Canadá) 

• Silvia LAHOZ (Argentina) 

• Ainhoa BÁRCENA ESCARTI (España) 

• Beto BROM (Argentina - Israel) 

• Álvaro Alfonso ACEVEDO-MERLANO (Colombia) 

• Nechi DORADO (Argentina) 

• Alfredo ZALDÚA (Uruguay) 

• Rubén IELMINI (Argentina) 

• Omar ROLDÁN RUBIO (México) 

• Ana DE LOS SANTOS (Argentina) 

• Jesús BALLANO RIERA (España) 

 

 

Diciembre 2022 (año XIII) 

Carátula Revista REALIDADES Y FICCIONES Nº 52 

“Mariposa de colores” 

Mónica Villarreal (2022) 

(Acrílico sobre papel, 12”x9”) 

"MIEDO A LA OSCURIDAD" POR EL ESCRITOR CHILENO ANÍBAL RICCI

 



I am a man who walks alone

and when I'm walking a dark road,

at night or strolling through the park,

when the light begins to change,

I sometimes feel a little strange,

a little anxious when it's dark.

 

Las imágenes me torturaron durante semanas. Una y otra vez fueron acumulándose en mi cabeza y hacían prolongar mi estado de shock. Quise dejar atrás lo sucedido y olvidar de una vez por todas lo ocurrido. No me quedó otra alternativa que evadirme viendo televisión. Necesitaba con urgencia distraer mis pensamientos y los dibujos animados parecían la mejor opción para que la mente me dejara en paz. Corría desesperado entre los árboles y sin mirar atrás. Mis latidos ocultaban cualquier ruido lejano. La oscuridad no cedía. Quiero llegar hasta donde están los autos y pedir auxilio, pero las luces no aparecen. De pronto una calle desconocida. Desperté angustiado como siempre, abrí las cortinas para asegurarme y por suerte había luz matinal. Era curioso que tuviera ese sueño justo en medio de la calma, como si mi subconsciente quisiera recordarme que existe una realidad más profunda. El hombre siempre se mostró amable. Me invitó a buscar una libreta con la dirección. Parecía una buena persona. Una vez en el auto pareció sacar algo de la guantera. Me insistió que fuéramos en vehículo y volví a negarme. Reanudamos el trayecto caminando por la calle en que había estacionado. Tardé unos segundos en preguntarle por qué no regresábamos por dónde veníamos. Me dijo que daba lo mismo, que se podía llegar por otro camino. El colegio se convirtió en otra agonía. Los profesores continuaban dictando materias que ahora carecían por completo de sentido. No era capaz de concentrarme. Veía el movimiento de sus bocas que no sincronizaban con los sonidos. Hablaban otro idioma y yo sentía que estaba en otro lugar.

 

El abandono del lugar era evidente. Estaba lleno de desperdicios. Nos encontrábamos en lo que debía ser el patio principal y la maleza nos hacía sentir en medio de un campo de trigo. Abrimos camino hasta llegar a una construcción. Las puertas y ventanas estaban cerradas y los vidrios pintados de blanco impedían ver hacia dentro. Cada una de nuestras pisadas emitía ruidos que rebotaban por habitaciones vecinas. La mayoría parecían salas de clases, pero también había un corredor muy angosto que al cabo de unos metros quedaba a oscuras. Recorría el borde del canal San Carlos y caminaba por algunas cuadras de Providencia. Subía por Apoquindo hasta llegar a la municipalidad de Las Condes. Siempre visitaba la tienda de Kady International. Sus escaparates desplegaban toda clase de equipos de música, con componentes separados y modernos tocadiscos. La radio de mi casa apenas tenía una frecuencia y los discos sonaban pésimo. Mis padres ni siquiera habían comprado una de esas radios portátiles que vendían en todas las casas comerciales. Admiraba esas vitrinas con los ojos extraviados debajo de unas enormes letras de neón. Todos esos paseos los hacía en la más absoluta soledad, caminando entre gente desconocida. Desesperado y con el corazón a mil. Sin mirar atrás perseguía un murmullo a lo lejos. La oscuridad no se disipaba. Corrí más fuerte hasta dar por fin con una calle. Elegí un rumbo para seguir huyendo. De pronto la calle Providencia. Camino aterrado entre la multitud. No soporto las miradas y vuelvo a correr. Paso por el lado de Radio Minería y doblo por calle Encomenderos. Nunca grité. Permanecí en silencio esperando que mi padre terminara su clase y al fin desperté del maldito sueño. Preferí no contarles nada. Aun cuando no sospechaba las consecuencias, resultaba mucho más fácil afrontar los problemas sin recurrir a los demás. Si involucraba a mis padres se pondrían aprehensivos y en el futuro no me dejarían salir. Ese año cursé cuarto básico y mi padre volvió con la rutina del instituto de yoga. Prefería no entrar a las clases y quedarme solo durante ese par de horas. Deambulaba por la cocina y trepaba a la despensa para sacar, desde lo más alto, una botella que contenía un líquido rojizo. Echaba un poco en un vaso y al mezclarlo con agua resultaba un brebaje sumamente dulce. Me servía varias veces, subía las escaleras y me quedaba sentado tras el escritorio de recepción. Durante el yoga me convertía en dueño de casa y no había ningún adulto que me dijese algo. Con el paso de los meses aquella oficina se tornó aburrida y me fui aventurando por el vecindario. Tampoco conversaba con mis compañeros. La vergüenza no me permitía confiar y me veía obligado a tragarme la rabia. Durante varios días no salí a los recreos y me transformé en un ser solitario que deambulaba por los pasillos del colegio, recorriendo sus patios entre cientos de alumnos que parecían felices.

 

Corría desesperado hacia un ruido lejano sin mirar atrás. La luz de un poste reveló una calle desierta. Trato de gritar, pero no puedo. ¿Por qué tan asustado? Intento retroceder el sueño y elijo un rumbo hasta dar con la avenida Providencia. Estaba oscureciendo, cuando un hombre detuvo su auto frente al negocio. Me preguntó por la calle San Sebastián. Yo la conocía y le expliqué cómo llegar. Era una de esas que desembocaban cerca del instituto, aunque el sujeto no entendía mis explicaciones. Me pidió que lo acompañara y me negué a subir. No era más que un desconocido que se esfumó tras la esquina. Algo me pareció extraño y emprendí el regreso. A las pocas cuadras, me volví a topar con el misterioso sujeto. Un hombre unos pocos años mayor que mi padre repitió que necesitaba dar urgentemente con esa calle. Empecé a intranquilizarme ante su insistencia. Era cierto que se había bajado del auto, pero por otro lado no veía a nadie cerca de nosotros. Bien poco providencial resultó el nombre de la avenida que para mí tenía mucho de fatalidad. Apenas pude controlar mis pulsaciones, sin embargo, estaba seguro de no aventurarme por Apoquindo. No volvería a clases de yoga y por ningún motivo visitaría la importadora Kady International. De alguna manera me las arreglaría para que mis padres no me llevaran al instituto. Mi mente ya no era racional y estaba dominada por el rencor. Ese odio infinito que buscaba con desesperación un culpable.

 

Fear of the dark,

I have constant fear that something's always near.

Fear of the dark,

I have a phobia that someone's always there.

 

Camino aterrado entre gente desconocida, el miedo vence al cansancio y mis pies corren nuevamente. Paso al lado de Radio Minería y doblo por calle Encomenderos. Por suerte no había nadie. Cierro rápido la puerta del instituto de yoga, cruzo la recepción y subo al segundo piso. Nunca grito. Me quedo solo y en silencio. Siento un miedo incontenible, al tiempo que logro retroceder el sueño. El hombre agregó que sería más rápido, una especie de atajo. Me encontraba un poco extraviado y tuve que hacerle caso. Proseguimos hasta que doblamos por otra calle desconocida. Me preguntó por el colegio. Era simpático, de alguna manera me veía obligado a contestarle. Doblamos en otra esquina. Ya no sabía en qué dirección estaba Apoquindo. Caminábamos mientras me conversaba. Nos topamos con una avenida grande que no conocía y le dije que nos devolviéramos. Dábamos vueltas y no llegábamos a ningún lugar. Por su expresión, me pareció que el hombre también venía extraviado. Frunció el ceño, rodeamos una especie de plaza y volvió a hablarme sin parar. Me preguntaba por mis amigos y me enredó con una historia de infancia. Al retornar sobre nuestros pasos, me di cuenta que no era la misma calle y los edificios me parecieron más altos. Tenía la impresión de estar internándome en un laberinto. Sentía terror. ¿De qué huía? ¿Qué había tras el cerco verde de macrocarpas? Presentía que algo había ocurrido tras esos arbustos. Algo que marcaría mi vida para siempre. El hombre decía que me callara, que nadie podría escuchar desde este lugar. Tenía miedo de que me hiciera daño. Traté de apartarme, pero sólo tenía siete años. Lo que pase debe quedar entre los dos, me dijo. Sentía tanto miedo que era incapaz de adelantar el sueño. Estaba petrificado y cada uno de los movimientos del hombre me iba sorprendiendo. Era una marioneta y apenas entendía sus palabras. Si te portas bien, no te pasará nada, fue lo único que se alojó en mi memoria. Recorríamos lugares que jamás había visto. Me pareció que el cielo se iba oscureciendo, aunque lo más extraño era que el hombre seguía hablándome como si nada ocurriese. Reparé en que hacía largo rato no veía ninguna persona. Habían desaparecido junto con la luz, pero además de los transeúntes, habían disminuido los ruidos de la calle. No pasaban autos por más que trataba de escuchar. Empecé a sentir el eco de mis pisadas sobre los adoquines. El sonido rebotaba en las casas y edificios. Sólo veía fachadas. Ninguna persona. Sólo rejas y pórticos vacíos. Verdaderas calles fantasma con la voz del hombre como telón de fondo. Casi no ponía atención a sus palabras. Sólo pensaba en salir corriendo apenas tuviera la oportunidad. Desembocamos en El Bosque y me pareció el fin del laberinto. Miré detenidamente el letrero de la avenida y me tranquilizó de alguna forma. Continuamos el recorrido y el ruido se volvió estridente. En vez de silencio, estábamos aislados por bocinazos. Ya no podía oír al hombre. Me sentía a salvo al ver otras personas, aun cuando estuviesen dentro de automóviles. Doblamos por otra arteria importante. Vitacura tenía pistas anchas y por ellas circulaban muchos autos. El ambiente era ensordecedor. Esperamos a que disminuyera el flujo de vehículos antes de cruzar. Por ese lado de la calzada no había casas, sino un parque que tras los primeros pinos se hacía impenetrable. El hombre dejó de hablar y me agarró del brazo, jalándome hacia la espesura de árboles. El sujeto amable ahora me empujaba y me tapaba la boca con su mano. Los sonidos lejanos fueron reemplazados por una respiración agitada.

 

Have you ever been alone at night,

thought you heard footsteps behind

and turned around and no one's there?

And as you quicken up your pace,

you find it hard to look again,

because you're sure there's someone there.

 

Una tarde desempolvé la bicicleta y recorrí calles sin rumbo para enfrentar los miedos. Avancé por Irarrázaval y doblé en Pedro de Valdivia. Sus adoquines hacían tiritar mis manos sobre el manubrio. El remezón en mi cabeza me fue liberando y el pedaleo me alejó de cualquier recuerdo funesto. Avancé decenas de cuadras hasta llegar a Providencia y los temores volvieron a invadirme, mientras el aire penetraba en mis pulmones de forma violenta. Me interné contra el tránsito por Pedro de Valdivia Norte y me detuve frente al teatro Oriente. Mis padres nos llevaban a ver películas de Walt Disney. No estaba seguro de que me hubiesen gustado, aunque siempre me fascinó todo lo concerniente al cine. Mis recuerdos eran acompañados de almendras cubiertas en caramelo. Al finalizar la función, siempre nos llevaban a un salón de té y nos servían un pastel que a esa edad parecía enorme. Ahora pedaleaba con intensidad para cruzar el río Mapocho. Sentado sobre el sillín observaba como el torrente desaparecía bajo mis pies. Sentía un leve rocío y tras segundos me internaba por el barrio recién descubierto. El aire fresco hizo olvidar los problemas y me detuve a los pies del cerro San Cristóbal. Bajé de la bicicleta y rodé por el pasto. Boca arriba veía las copas de los árboles y los rayos del sol colándose entre sus hojas. Reviví imágenes de las últimas semanas y se intercalaron con las caras de mis compañeros de curso. Los escuché reír a carcajadas y mi angustia fue aumentando al punto que ambas sensaciones se fundieron en mi cabeza.

 

Ese verano mis padres nos llevó a Baños Morales. Recuerdo que antes de llegar, al Austin Mini se le rompió el cárter al impactar con un peñasco. Cada uno cargó su propio saco de dormir y mi padre tuvo que llevar la carpa. A mí no me importaba caminar, aunque tampoco podía anticipar el infierno que nos esperaba. Hubieron de transcurrir muchos años antes de enterarme del por qué los tábanos se habían ensañado conmigo. Me picaron tanto que me produjeron una alergia. Era de conocimiento general, salvo para nosotros, que los tonos azules atraían a estos insectos como abejas a la miel. Llevaba puesta una polera calipso, justo lo más luminoso de esa gama de colores. Sin embargo, lo que empezó mal se transformó en una de mis más recordadas vacaciones. El contacto con la naturaleza durante esos días cambió para siempre mi manera de pensar. Las distancias que recorríamos nos dejaban exhausto y el aire puro hacía sentir un extraño sentimiento de libertad.

 

Las travesías en bicicleta siempre fueron un escape. Los descensos desde lo alto de Larraín fueron sin duda la experiencia más cercana a la muerte. Cruzábamos velozmente el canal San Carlos e incluso hasta Las Perdices nuestro pedaleo no era forzado. A partir de ese puente cambiábamos al plato chico y piñón grande, para que nuestros pulmones fueran capaces de oxigenar los músculos. Llegábamos a duras penas al final de la pendiente. Con el corazón en la mano y las piernas reventadas. Muy pocas veces fui capaz de alcanzar la cima sin zigzaguear los últimos metros. En Álvaro Casanova, calle sin desniveles, aprovechábamos de descansar. No subíamos a pasear, sino para sentir la adrenalina durante el abrupto descenso a la ciudad. El ritual era siempre el mismo. Sin esfuerzo pedaleábamos hasta Casamilá, nuestra discoteque favorita en años venideros, para luego regresar a lo más alto de avenida Larraín. Siempre nos detuvimos a tomar agua antes del descenso. Para hacer cálculos de la pendiente a abordar. Sabíamos que en pocos segundos estaríamos de vuelta en la ciudad y nuestro deseo era prolongar al máximo esa sensación de Olimpo.

 

Descendía del infierno y la oscuridad no se disipaba. Corría sin saber dónde. Siguiendo un murmullo de autos a lo lejos, mientras las ramas me daban en la cara. Asustado de que aquel hombre me diera alcance y de que esta sensación de terror no terminara nunca. Pedaleaba con fuerzas hacia un destino incierto que podía precipitarse en el último impulso.

 

¿Qué velocidad alcanzaríamos? Un pequeño giro para ajustar al cambio más pesado y sin pensar en las consecuencias nos precipitamos cuesta abajo. Nos despegábamos de los sillines para hacer mayor palanca con nuestras piernas. Con las manos aferradas al manubrio, muy cerca de los frenos, los pies no podían seguir el ritmo de los pedales y no quedaba otra que reclinarse al máximo para ofrecer menor resistencia. La recompensa, aquella en que los ojos se llenaban de lágrimas, era el instante en que frenar carecía de sentido. No se podían distinguir las imperfecciones del pavimento. Uno se dejaba llevar por el viento, nunca permitiendo interrumpir el destino. Al cruzar Las Perdices te devolvían la vida y agradecías que ningún obstáculo hubiese detenido la marcha. La inercia se prolongaba por otro kilómetro, avanzando en silencio hasta llegar al aeródromo de Tobalaba.

 

Mis padres nunca presagiaron nuestros destinos y con mi hermana nos adelantábamos como si de verdad conociéramos la ruta. Eran varios kilómetros en distintas direcciones y al regresar siempre nos detuvimos en una rústica casucha que vendía un queso de cabra recién hecho. Atravesamos a la otra ribera del río, por encima de un puente colgante angosto y sin barandas. Lo cruzábamos corriendo para que cimbrara bajo nuestros pies.

 

Descendimos por el cajón cordillerano y poco a poco reaparecieron casas junto al camino. Los poblados lucían sus calles de tierra hasta que llegamos a San José, donde la gente se agolpaba en la plaza principal. El calor nos alcanzó en Las Vertientes, justo antes de ingresar a Santiago y su aire enrarecido. Nuestros rostros se veían diferentes, cansados por el viaje, pero sobre todo agobiados porque había llegado el último día de las vacaciones.

 

LA COLUMNA DEL POETA YVAÍN ELTIT: "¿QUÉ ES EL FOLCLOR SOCIAL?



 

viernes, 3 de marzo de 2023

PRESENTACIÓN DE DOS NUEVOS LIBROS DE POESÍA EN VALENCIA: "VERBA VOLANT" Y "EN EL ENVÉS DE LA HOJA"




 

"DOLOR EMBRIAGANTE" POR EL ESCRITOR CHILENO ANÍBAL RICCI



 

¿Leíste Sueños infinitos?

Reí con el primer párrafo.

Sabía que eras tú.

No has respondido mi pregunta.

Saliendo del encierro virtual, sin celular ni redes sociales.

Pasaron dos cosas cuando te vi.

No quería coquetear contigo.

Y la segunda.

Me he acostado con seres extraños.

Pero llegaste por alguna razón.

¿Cómo te fue en tu cita de Tinder?

Lo sabías bien antes que llegara.

Soy esquizofrénico.

¿Escuchas voces de otras personas?

Es como si mi cabeza fuera un dial de radio.

¿Había pensado mucho si hablarte o no?

Nunca quise tener hijos.

Espero que no creas que estoy loca.

Adoptaste dos hijos.

¿Eso me da credibilidad?

Eres humana al menos.

Yo también he escuchado voces.

¿Algo espiritual que todavía no canalizas?

Diagnosticada por años con depresión.

Supongo que tu racionalidad te mantuvo cuerda.

Las voces me generaban un dolor embriagante.

¿No te insultan?

Conecto con algo profundo cuando escucho tu voz.

No iba a conversar con cualquiera.

Sentí tu dolor.

Pero no arrancaste.

¿Qué sentiste cuando me viste?

No tenía idea que escribías. Pero sabía que estabas ahí por algo.

Nunca te juzgué a pesar de las cervezas.

Entendí que veías las mismas cosas que yo.

Esperé que tu cita se fuera.

Cuando volví a casa te busqué en Internet.

¿Cómo me ubicaste?

Tenía tu nombre y eras escritor. ¿Qué tan difícil podía ser?

Intuí que eras tú por el inbox.

Leí tus escritos y entendí lo que nos había pasado.

Trato de ser honesto cuando escribo. La gente me ve muy normal y eso me perturba.

Nunca le había mencionado a alguien lo de las voces.

¿Estás casada?

Buscas algo que no sabes que es.

Siento que mi tiempo se acaba.

Buscas un lugar donde descansar, pero te confundes con tus pensamientos.

He escrito treinta cuentos en el último mes.

¿El amor de pareja es una de tus teorías?

La idea de una compañera de viaje.

Te sientes solo.

Enamorarse es una maldición.

Si una mujer no entiende lo que sientes jamás va a funcionar.

Cada vez que me desmorono salgo peor parado.

Tengo menos experiencia que la tuya.

Conversar es tan sanador y el ostracismo me lleva a pensamientos delirantes.

¿Cómo entiendes el bien y el mal?

Esconder el pasado a otra persona lo relaciono con el lado oscuro.

Me separé hace un año.

Cuando pierdes a un amigo es doloroso, no me refiero a la muerte.

Admiro la valentía de tus escritos, pero creo que asustas a las personas.

Valentía muchas veces se confunde con miedo.

¿Te gusta el vino?

Con quesos, uvas y manzana.

A ver si otro día me aceptas una copa.

¿En el mismo lugar?

Me complica ir al cine.

Cuando sientes voces, el cine es un barómetro.

¿Será tan difícil conocernos?

Naciste en Osorno y yo en Santiago.

La típica Carmela que caminaba quince cuadras para llegar al colegio.

En kínder yo llegaba en bicicleta a todas partes.

Tenía una pistera, pero no alcanzaba el asiento, así que andaba parada.

La primera vez destrocé la horquilla al estrellarme contra un árbol.

Me saqué la cresta mil veces, siempre andaba con las rodillas ensangrentadas.

Mi bicicleta tenía frenos de pedal.

Los niños se reían y a mí no me importaba.

Era fantástico sentir esa libertad, mientras el resto se quedaba en sus casas.

No era una niña muy dócil.

Me escapaba a Plaza Egaña y mis padres no tenían idea.

No teníamos auto e iba en micro a la casa de mis amigas.

Mis padres eran aburridos y nunca servían onces.

Me daban doscientos pesos por cada nota arriba de seis.

Terminé tomando onces en las casas de todos mis compañeros.

Todo cambió cuando entré a la universidad. Puros carretes en bares y chicherías de Valparaíso.

No te imaginaba tan aperrada.

Me asaltaron tres veces y una vez me patearon en el suelo.

Qué rico que nos juntemos en dos semanas más.

¿Por qué tu encierro actual?

Tengo que salir de las espirales mentales.

Diez días se pasan volando.

No sabes cuánto me gusta hablar contigo.


SOBRE LA ESCRITORA CHILENA PEPITA TURINA POR EL POETA YVAÍN ELTIT



ANTONIO COSTA GÓMEZ PUBLICA “EL CUARTO DE DYLAN THOMAS”



En este ensayo el autor recrea el estudio de Dylan Thomas en un pueblecito junto al mar en Gales, su apasionado desorden, los papeles esparcidos por la mesa, los poemas clavados en las paredes, los libros vivientes y palpitantes. En ese espacio pequeño e inmenso, el poeta soltaba sus pasiones y sus visiones, daba vida a la Biblia y a las leyendas celtas, miraba por la ventanita iluminada el bosque misterioso de “Bajo el bosque lácteo”.  Y el autor se pregunta qué diseñador actual infatuado con sus rombos fríos y pijos sería capaz de concebir un habitáculo tan vivo y apasionante como ése. El diseño moderno se parece a la plaga neoclásica, cuando los arquitectos del XVIII eliminaban los edificios góticos llenos de vida y los sustituían por frontones triangulares fríos y muertos.

    Costa publicó 16 libros y miles de artículos. Su obra “Mateo, el maestro de Compostela” se publicó erróneamente como novela histórica, cuando es un texto muy literario sobre el entusiasmo y la creación.  “La calma apasionada”, sobre los últimos días del emperador Adriano en Tívoli, es una obra visionaria y surrealista , nada que ver con la obra de Yourcenar. El autor dice:” Hay muchas novelas diferentes sobre Alejandro Magno, sobre Napoleón, o sobre cualquier tema, pero parece que Adriano es propiedad privada de Marguerite Yourcenar”. “Las fuentes del delirio” trata (sobre la creación artística.  “Los camiones de Patagonia” reúne poemas escritos a lo largo de veinte años (poesía). En “El misterio del cine” (llegó a la final del Herralde) un hombre descubre cómo convertir las películas en vino y embotellarlas. “Las campanas” /entre los cinco finalistas del Nadal) todas las campanas de Compostela se ponen a sonar al mismo tiempo, en registros cambiantes, nadie sabe por qué.  Costa se dedicó a diferentes trabajos, pero su vocación más profunda siempre fue la Literatura.