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"Soy un bicho de la tierra como cualquier ser humano, con cualidades y defectos, con errores y aciertos, -déjenme quedarme así- con mi memoria, ahora que yo soy. No quiero olvidar nada."



José Saramago

lunes, 6 de diciembre de 2021

DOS RESEÑAS DEL ESCRITOR ANÍBAL RICCI SOBRE LOS LIBROS: "MÁS ALLÁ DEL MAL" DE ANDRÉS IBÁÑEZ ULLOA Y "EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS" DE LEONARDO PADURA




MÁS ALLÁ DEL MAL

De: Andrés Ibáñez Ulloa

 

 

¿Cómo un accidente puede truncar una vida apacible? ¿Puede alterar su existencia material o también puede cambiar su psiquis? La respuesta que da el autor es tajante y dicotómica, derechamente maniqueísta. Andrés Ibáñez guía al lector, de manera ágil introduce la acción mediante capítulos breves, lo encauza por un río que no admite explicaciones alternativas.

 

¿Qué rol juega la religión en toda esta historia?

 

Dylan Flores es el jefe de operaciones del aeropuerto de Atacama, un buen puesto de trabajo que le permite relacionarse con gente y disfrutar del tiempo libre con su familia. Ama a su mujer y a su único hijo, la vida hasta ese momento lo trata bien.

 

El presidente de la república viene de gira a la zona norte y los preparativos son dirigidos por los compañeros de trabajo de Dylan. Él tendrá el día libre y en el viaje con su familia la comitiva presidencial embiste su vehículo. Sólo Dylan sobrevivirá, ese accidente cambiará el destino de mucha gente.

 

¿Puede el rencor y el odio transformar por completo a un individuo?

 

Dylan hasta ese entonces era sociable y no sospechaba que entre sus amistades se escondía un ser perverso guiado por el fanatismo religioso.

 

Las religiones suelen ser dogmáticas, entregan una explicación para los fenómenos de la naturaleza y del alma humana. Generalmente van acompañadas de la fe, la creencia de que un ser superior guía nuestras acciones y nuestros destinos.

 

En el universo de esta novela la existencia del amor y la bondad hacia el prójimo están mediatizadas por la religión. El autor muestra una posición crítica del islamismo: esa adaptación del mundo político a los mandatos religiosos del islam.

 

La versión fundamentalista del islam impone la existencia de una guerra santa (Yihad) contra los infieles, una visión dicotómica, existe el camino de Alá y en la vereda opuesta los que no creen en ese dios. Según ese razonamiento una persona creyente puede ser bondadosa, aunque realice actos violentos contra otros seres humanos, por tratarse de acciones contra individuos o autoridades pertenecientes al mundo de los que no profesan el islam.

 

En este libro es evidente la concepción de la religión vista como una manipulación de la consciencia del hombre. En aras de la religión puedes cometer los actos más deleznables, pues la propia religión, interpretada de manera absoluta, sólo acepta la existencia de una sola creencia por sobre las otras.

 

La creencia representada por el autor representa al islamismo, no tanto al islam, quizás se echa de menos algún matiz respecto a los seguidores del Corán. El mundo claramente no es blanco y negro, pero Andrés Ibáñez nos muestra ese fanatismo despiadado, donde su particular visión se le aparece al lector tan maniqueísta como dicha corriente religiosa. Esa falta de matices, de motivaciones por parte de los dos personajes principales, hace que sea complejo entender que el protagonista sea tan fácil de sugestionar (no parece bastar que haya perdido a su familia), llevado a un extremo dramático que atenta contra la verosimilitud: el personaje cambia irrevocablemente y el autor no deja espacio para dudas, lamentos o arrepentimientos.

 

El odio es el detonante de una religión en su variante más rígida, el amor al prójimo depende de las ideas que profese ese otro. Si no comparte tu creencia simplemente es tu enemigo.

 

José Alcérreca es miembro de una célula oculta del Estado Islámico que realiza atentados entre la población que no respeta los designios de Alá. Se confunde lo político con lo religioso. Si una autoridad declara que atacará intereses de alguna nación islámica, toda la población del país que representa merecerá ser castigada.

 

Alcérreca suponía ser amigo de Dylan, pero el fanatismo religioso opera por sobre cualquier relación afectiva. Utilizará el odio que siente Dylan hacia la figura responsable de haber acabado con sus seres queridos. Este tipo de fundamentalismo no razona, utiliza el odio, lo manipula y encauza el rencor personal de Dylan para aniquilar a aquella autoridad representante del mundo de los infieles.

 

La novela se lee con interés y crea imágenes nítidas en el lector, del mundo del desierto, del universo aeroportuario y de la jerga de los agentes de seguridad, pero también hay que hacer notar que no deja demasiado espacio para la reflexión, el lector se queda pensando en cómo fue que el personaje fue llevado a esos extremos y echa de menos cierta profundidad psicológica.

 

En el mundo de Andrés Ibáñez las víctimas de esta corriente político-religiosa pueden ser a su vez victimarios. Se podría decir que víctima y victimario conviven en una misma psiquis, es la religión la que coloca al ser humano a uno u otro lado de la cerca. La bondad y la maldad podrá tener una explicación religiosa que muchas veces atentará contra los derechos humanos de las personas, esos derechos humanos que en la legislación internacional no están sujetos a interpretaciones de las partes en conflicto.





EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS

De: Leonardo Padura

 

 

¿Se puede tener compasión por un asesino?, tesis que asoma en las últimas páginas de la novela y que el autor instala en nuestros cerebros.

 

El libro gira en torno a dos personajes, víctima y victimario, o al revés, León Trotski y Ramón Mercader, el primero consciente de un ego desmesurado y el segundo despojado casi por completo de él.

 

Mercader era un luchador comunista catalán que bogaba por la República en contra del accionar de un Francisco Franco que amenazaba con instalar el fascismo en España. Por esa época lleno de ideales, luego instigado por su madre y reclutado por Kotov para ejecutar uno de los planes maquiavélicos orquestados por el dictador Stalin.

 

Asesinar al antiguo camarada de Lenin y héroe de la revolución bolchevique de 1917: Trotski sería exiliado a Siberia y luego a Turquía y Suecia, antes de ser asilado por el gobierno mexicano. Trotski intentó bregar contra el «sepulturero de la revolución», Stalin, que desdibujó los ideales proletarios llevando a los soviéticos a una dictadura de terror que se preocupó más por mantener el poder y destruir a los enemigos a través de una purga política y racial que asesinó a millones de personas (hay que notar que Padura no menciona expresamente las hambrunas, la de Ucrania por ejemplo, como parte de los azotes de Stalin, que condenó a la muerte a millones de sus compatriotas).

 

Durante su exilio Trotski escribió libros de la revolución y sobre Stalin como una forma de volver a encauzar la revolución rusa. Stalin aprovechó la figura del enemigo como eje de su gobierno, primero instaló a Trotski como traidor y luego lo ligó a Hitler como confabuladores para asesinarlo. Trotski fue por años el chivo expiatorio ideal, pero cuando la guerra contra los nazis fue decantando, decidió que el ex colaborador de Lenin era un peligro y decidió que debía desaparecer.

 

Ramón Mercader fue reclutado para asesinar a Trotski durante su estadía en Ciudad de México. Se mimetizó bajo varios nombres falsos con el objetivo de ganar su confianza y asestarle el golpe mortal. Kotov, luego de la retirada del apoyo ruso en España, le lavó el cerebro y le infundió a la misión el máximo grado de patriotismo.

 

Luego de la muerte de Trotski, Mercader pasaría años encarcelado y con su vida en riesgo, hasta que luego de veinte años fue repatriado a Rusia y finalmente pasó sus últimos días en Cuba.

 

Básicamente, amigos y enemigos, consideraban a Mercader un asesino, e Iván Cárdenas, su confesor, sería un veterinario que apenas sobrevivió los peores años de la resistencia cubana contra la pobreza y los apagones eléctricos («período especial»). Décadas antes, Iván había conocido a Jaime López (la chapa de Ramón Mercader) quién se dispuso a contarle la historia de cómo se gestó el asesinato de Trotski.

 

Trotski había sido extirpado de la Gran Historia oficial que circulaba en La Habana. Cuando Iván supo del destino del supuesto traidor de Rusia, no se atrevió a escribir la historia contada por el enigmático López, sino hasta muchos años después de muerto, justo antes de que el miedo reinante en la isla terminara con su propia vida y con la de tantos que lucharon por unos ideales pervertidos por Stalin (un verdadero fascista de izquierda).

 

El telón de fondo de toda la novela es un omnipresente Stalin, quién veía traidores a su causa personal en todos los rincones. Stalin era el conductor de los destinos de la Unión Soviética, pero Padura lo muestra como un ser nefasto que, más que instalar los ideales de la revolución proletaria, terminó instaurando un régimen de terror que marcó a generaciones.

 

A la población cubana se la encausó en el miedo a las autoridades y fueron víctimas de un régimen implantado por verdaderos asesinos desde la lejana Unión Soviética.

 

Por décadas los ciudadanos sacrificaron su libertad y fueron obedientes a un régimen comunista que los amenazaba con el ostracismo si se rebelaban contra la Historia Oficial. Leonardo Padura retrata, a través de Iván Cárdenas, a los habitantes de Cuba como víctimas de una ideología que intentó mantenerse a flote a punta de asesinatos y fusilamientos. También sitúa a Ramón Mercader como otra víctima de esa lucha despiadada. Iván Cárdenas, de alguna manera alter ego de Padura, llevó a la escritura las confesiones de Ramón Mercader y tal como el propio Mercader, tampoco quiso que su nombre se relacionara con esa historia maldita (novelada, recalca Padura).

 

Iván Cárdenas sentía compasión por ese asesino que fue instrumento de una ideología despiadada, no quería transmitir a través de sus líneas ni una pizca de esa compasión por quién consideraba un verdadero asesino.   

 

La novela de Padura está repleta de episodios históricos mezclados con la relación novelada entre víctimas y victimarios, que son muchos y que se filtran a través de los años en una visión caleidoscópica infernal. Hay un profundo desencanto en el derrotero de la ideología comunista que no sobrevivió a la Historia, en palabras de Padura, pero que se llevó la inocencia y las esperanzas de millones de personas que lucharon a ciegas por una causa que se tornó homicida y decayó de forma física, al punto de que Cuba acabó en una decadencia material que Padura lleva al extremo, arrancándole la vida al narrador por medio de los escombros de la revolución y depositando en un amigo sobreviviente la misión de enterrar la maldita historia de Ramón Mercader.


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