Pequeña misiva
La página de Andrés Morales (1962), poeta, ensayista y académico chileno, es un Blog de apuntes y escritos abierto a todos aquellos interesados en la literatura y, en especial, en la poesía. Contiene poemas, artículos, notas, comentarios, críticas, reseñas, fotografías y en general, todos los tópicos imaginables e inimaginables en torno a la poesía, el cine, la prosa y la literatura chilena, hispanoamericana, española y europea de todas las épocas y estilos.
Pequeña misiva
MÁS ALLÁ DEL MAL
De: Andrés Ibáñez Ulloa
¿Cómo un accidente puede truncar una vida apacible? ¿Puede alterar su existencia material o también puede cambiar su psiquis? La respuesta que da el autor es tajante y dicotómica, derechamente maniqueísta. Andrés Ibáñez guía al lector, de manera ágil introduce la acción mediante capítulos breves, lo encauza por un río que no admite explicaciones alternativas.
¿Qué rol juega la religión en toda esta historia?
Dylan Flores es el jefe de operaciones del aeropuerto de Atacama, un buen puesto de trabajo que le permite relacionarse con gente y disfrutar del tiempo libre con su familia. Ama a su mujer y a su único hijo, la vida hasta ese momento lo trata bien.
El presidente de la república viene de gira a la zona norte y los preparativos son dirigidos por los compañeros de trabajo de Dylan. Él tendrá el día libre y en el viaje con su familia la comitiva presidencial embiste su vehículo. Sólo Dylan sobrevivirá, ese accidente cambiará el destino de mucha gente.
¿Puede el rencor y el odio transformar por completo a un individuo?
Dylan hasta ese entonces era sociable y no sospechaba que entre sus amistades se escondía un ser perverso guiado por el fanatismo religioso.
Las religiones suelen ser dogmáticas, entregan una explicación para los fenómenos de la naturaleza y del alma humana. Generalmente van acompañadas de la fe, la creencia de que un ser superior guía nuestras acciones y nuestros destinos.
En el universo de esta novela la existencia del amor y la bondad hacia el prójimo están mediatizadas por la religión. El autor muestra una posición crítica del islamismo: esa adaptación del mundo político a los mandatos religiosos del islam.
La versión fundamentalista del islam impone la existencia de una guerra santa (Yihad) contra los infieles, una visión dicotómica, existe el camino de Alá y en la vereda opuesta los que no creen en ese dios. Según ese razonamiento una persona creyente puede ser bondadosa, aunque realice actos violentos contra otros seres humanos, por tratarse de acciones contra individuos o autoridades pertenecientes al mundo de los que no profesan el islam.
En este libro es evidente la concepción de la religión vista como una manipulación de la consciencia del hombre. En aras de la religión puedes cometer los actos más deleznables, pues la propia religión, interpretada de manera absoluta, sólo acepta la existencia de una sola creencia por sobre las otras.
La creencia representada por el autor representa al islamismo, no tanto al islam, quizás se echa de menos algún matiz respecto a los seguidores del Corán. El mundo claramente no es blanco y negro, pero Andrés Ibáñez nos muestra ese fanatismo despiadado, donde su particular visión se le aparece al lector tan maniqueísta como dicha corriente religiosa. Esa falta de matices, de motivaciones por parte de los dos personajes principales, hace que sea complejo entender que el protagonista sea tan fácil de sugestionar (no parece bastar que haya perdido a su familia), llevado a un extremo dramático que atenta contra la verosimilitud: el personaje cambia irrevocablemente y el autor no deja espacio para dudas, lamentos o arrepentimientos.
El odio es el detonante de una religión en su variante más rígida, el amor al prójimo depende de las ideas que profese ese otro. Si no comparte tu creencia simplemente es tu enemigo.
José Alcérreca es miembro de una célula oculta del Estado Islámico que realiza atentados entre la población que no respeta los designios de Alá. Se confunde lo político con lo religioso. Si una autoridad declara que atacará intereses de alguna nación islámica, toda la población del país que representa merecerá ser castigada.
Alcérreca suponía ser amigo de Dylan, pero el fanatismo religioso opera por sobre cualquier relación afectiva. Utilizará el odio que siente Dylan hacia la figura responsable de haber acabado con sus seres queridos. Este tipo de fundamentalismo no razona, utiliza el odio, lo manipula y encauza el rencor personal de Dylan para aniquilar a aquella autoridad representante del mundo de los infieles.
La novela se lee con interés y crea imágenes nítidas en el lector, del mundo del desierto, del universo aeroportuario y de la jerga de los agentes de seguridad, pero también hay que hacer notar que no deja demasiado espacio para la reflexión, el lector se queda pensando en cómo fue que el personaje fue llevado a esos extremos y echa de menos cierta profundidad psicológica.
En el mundo de Andrés Ibáñez las víctimas de esta corriente político-religiosa pueden ser a su vez victimarios. Se podría decir que víctima y victimario conviven en una misma psiquis, es la religión la que coloca al ser humano a uno u otro lado de la cerca. La bondad y la maldad podrá tener una explicación religiosa que muchas veces atentará contra los derechos humanos de las personas, esos derechos humanos que en la legislación internacional no están sujetos a interpretaciones de las partes en conflicto.
EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS
De: Leonardo Padura
¿Se puede tener compasión por un asesino?, tesis que asoma en las últimas páginas de la novela y que el autor instala en nuestros cerebros.
El libro gira en torno a dos personajes, víctima y victimario, o al revés, León Trotski y Ramón Mercader, el primero consciente de un ego desmesurado y el segundo despojado casi por completo de él.
Mercader era un luchador comunista catalán que bogaba por la República en contra del accionar de un Francisco Franco que amenazaba con instalar el fascismo en España. Por esa época lleno de ideales, luego instigado por su madre y reclutado por Kotov para ejecutar uno de los planes maquiavélicos orquestados por el dictador Stalin.
Asesinar al antiguo camarada de Lenin y héroe de la revolución bolchevique de 1917: Trotski sería exiliado a Siberia y luego a Turquía y Suecia, antes de ser asilado por el gobierno mexicano. Trotski intentó bregar contra el «sepulturero de la revolución», Stalin, que desdibujó los ideales proletarios llevando a los soviéticos a una dictadura de terror que se preocupó más por mantener el poder y destruir a los enemigos a través de una purga política y racial que asesinó a millones de personas (hay que notar que Padura no menciona expresamente las hambrunas, la de Ucrania por ejemplo, como parte de los azotes de Stalin, que condenó a la muerte a millones de sus compatriotas).
Durante su exilio Trotski escribió libros de la revolución y sobre Stalin como una forma de volver a encauzar la revolución rusa. Stalin aprovechó la figura del enemigo como eje de su gobierno, primero instaló a Trotski como traidor y luego lo ligó a Hitler como confabuladores para asesinarlo. Trotski fue por años el chivo expiatorio ideal, pero cuando la guerra contra los nazis fue decantando, decidió que el ex colaborador de Lenin era un peligro y decidió que debía desaparecer.
Ramón Mercader fue reclutado para asesinar a Trotski durante su estadía en Ciudad de México. Se mimetizó bajo varios nombres falsos con el objetivo de ganar su confianza y asestarle el golpe mortal. Kotov, luego de la retirada del apoyo ruso en España, le lavó el cerebro y le infundió a la misión el máximo grado de patriotismo.
Luego de la muerte de Trotski, Mercader pasaría años encarcelado y con su vida en riesgo, hasta que luego de veinte años fue repatriado a Rusia y finalmente pasó sus últimos días en Cuba.
Básicamente, amigos y enemigos, consideraban a Mercader un asesino, e Iván Cárdenas, su confesor, sería un veterinario que apenas sobrevivió los peores años de la resistencia cubana contra la pobreza y los apagones eléctricos («período especial»). Décadas antes, Iván había conocido a Jaime López (la chapa de Ramón Mercader) quién se dispuso a contarle la historia de cómo se gestó el asesinato de Trotski.
Trotski había sido extirpado de la Gran Historia oficial que circulaba en La Habana. Cuando Iván supo del destino del supuesto traidor de Rusia, no se atrevió a escribir la historia contada por el enigmático López, sino hasta muchos años después de muerto, justo antes de que el miedo reinante en la isla terminara con su propia vida y con la de tantos que lucharon por unos ideales pervertidos por Stalin (un verdadero fascista de izquierda).
El telón de fondo de toda la novela es un omnipresente Stalin, quién veía traidores a su causa personal en todos los rincones. Stalin era el conductor de los destinos de la Unión Soviética, pero Padura lo muestra como un ser nefasto que, más que instalar los ideales de la revolución proletaria, terminó instaurando un régimen de terror que marcó a generaciones.
A la población cubana se la encausó en el miedo a las autoridades y fueron víctimas de un régimen implantado por verdaderos asesinos desde la lejana Unión Soviética.
Por décadas los ciudadanos sacrificaron su libertad y fueron obedientes a un régimen comunista que los amenazaba con el ostracismo si se rebelaban contra la Historia Oficial. Leonardo Padura retrata, a través de Iván Cárdenas, a los habitantes de Cuba como víctimas de una ideología que intentó mantenerse a flote a punta de asesinatos y fusilamientos. También sitúa a Ramón Mercader como otra víctima de esa lucha despiadada. Iván Cárdenas, de alguna manera alter ego de Padura, llevó a la escritura las confesiones de Ramón Mercader y tal como el propio Mercader, tampoco quiso que su nombre se relacionara con esa historia maldita (novelada, recalca Padura).
Iván Cárdenas sentía compasión por ese asesino que fue instrumento de una ideología despiadada, no quería transmitir a través de sus líneas ni una pizca de esa compasión por quién consideraba un verdadero asesino.
La novela de Padura está repleta de episodios históricos mezclados con la relación novelada entre víctimas y victimarios, que son muchos y que se filtran a través de los años en una visión caleidoscópica infernal. Hay un profundo desencanto en el derrotero de la ideología comunista que no sobrevivió a la Historia, en palabras de Padura, pero que se llevó la inocencia y las esperanzas de millones de personas que lucharon a ciegas por una causa que se tornó homicida y decayó de forma física, al punto de que Cuba acabó en una decadencia material que Padura lleva al extremo, arrancándole la vida al narrador por medio de los escombros de la revolución y depositando en un amigo sobreviviente la misión de enterrar la maldita historia de Ramón Mercader.
La novela transcurre durante el siglo XIV en una abadía benedictina situada al norte de Italia. Narra la investigación realizada por Guillermo de Baskerville (de la orden franciscana) y su pupilo benedictino Adso de Melk ante una serie de crímenes ocurridos en los alrededores del recinto.
La cáscara del relato obedece a una estructura policíaca de suspenso, pero en realidad se trata de una portentosa narración histórica que gira en torno al enfrentamiento entre el papa Juan XXII (uno de los siete pontífices que residieron en Avignon) con los franciscanos conocidos como espirituales, acerca de la doctrina de pobreza que habría enseñado Jesucristo.
Las acciones suceden en el período tardío de la Edad Media y el protagonista, ex inquisidor, sigue preceptos humanistas que serán precursores del Renacimiento Italiano.
Umberto Eco explica la organización logística y dogmática al interior del monasterio, en parte para contradecir a los que creen que la Edad Media obedeció a un período donde sólo reinaba el oscurantismo, entendiendo que las congregaciones religiosas fueron en realidad la base sobre la que se erigieron las ciudades del Estado italiano.
En el edificio de la abadía (construcción principal) se encontraba una biblioteca que albergaba una colección inestimable de textos en varios idiomas que contenían el saber tanto del mundo religioso como aquel producido por los llamados infieles. Durante la Edad Media, los monasterios guardaron en sus entrañas los tesoros del saber humano, el poder de la palabra escrita.
Baskerville era un ser racional, basaba su conocimiento no sólo en los textos sagrados sino también en la ciencia. Renunció a su antiguo oficio de inquisidor al darse cuenta de que la Santa Inquisición obedecía a una organización de carácter totalitario (rige sobre los creyentes y no creyentes, controlándolos coactivamente bajo los preceptos del catolicismo) que imponía su sesgado punto de vista al desenmascarar a los herejes, infringiendo torturas a través del brazo secular para luego condenarlos a la hoguera.
Paralelamente, en la abadía se celebrará un encuentro donde se discutirán las diferencias entre los intereses del papa (no renunciar a la riqueza de la Iglesia) y la supuesta herejía perseguida por la rama aludida de los franciscanos. Los hombres de Avignon serán comandados por el inquisidor Bernardo Gui, uno de los antagonistas (que son varios) de Guillerno de Baskerville. En la indagación oficiada por Gui, el lector se dará cuenta de que el inquisidor buscaba a toda costa comprobar la herejía en el adversario, no importando si el acusado ha incurrido o no en actos heréticos. El mecanismo de la Inquisición deviene en fanatismo, en asimilar los conceptos que profiere y darlos por ciertos. En el interrogatorio (antes del desmoronamiento mental) Gui está convencido del accionar herético del acusado y toda su dialéctica (da lo mismo lo que diga la contraparte) se construye en una estructura donde las respuestas lo hacen culpable tanto si dice la verdad o la niega. El propósito final de Bernardo Gui será condenar a los miembros de la congregación franciscana (y declararlos herejes), debido a que ese punto de vista favorece a Juan XXII.
Se deja entrever que, en su antiguo oficio, Guillermo buscaba separar la herejía de otros comportamientos, no con el afán de hallar a un culpable, sino permitiendo el espacio suficiente para que aflorara la verdad. A Gui esa verdad lo tiene sin cuidado, sólo desea imponer las ideas totalitarias que imponía la Iglesia durante esos días aciagos.
El comportamiento de Gui semeja al lector que tiene una idea preconcebida de lo que va a leer: al cabo de unas pocas páginas el punto de vista del narrador ha dejado de importarle y todo lo interpreta a su antojo.
En todo caso, la retórica del inquisidor requiere de este que sea un gran conocedor de los textos sagrados. Antepone su mayor conocimiento ante la persona que juzga, se trata de un orden donde se distingue lo docto del hablar y del saber por sobre el vulgo. Existe un orden donde la Santa Inquisición impone el miedo sobre el resto de la población como forma de control, mecanismo propio de los regímenes de orientación fascista.
Guillermo y Adso contravienen las normas impuestas por el Abad e intentan resolver el misterio de las muertes que se suceden en los siete días de su estancia. Sospechan que el objeto asesino es un libro envenenado que se encontraría en la parte prohibida de la biblioteca. Se trata de un manuscrito del filósofo Aristóteles, particularmente el segundo libro de la Poética que se creía perdido a través de los siglos.
Guillermo de Baskerville utiliza el método científico para hallar al culpable y se enfrentará en todo momento al fanatismo religioso que interpreta a cada muerte como la sucesión de las trompetas que anuncian el Apocalipsis.
La primera hebra de la novela era el asunto político entre los representantes de Avignon y una de las ramas de los franciscanos. Ahora aparece este segundo tema que sería la lucha entre el mundo religioso y el mundo de la ciencia. En las últimas páginas aparecerá este segundo antagonista que corresponde al benedictino Jorge de Burgos. El personaje perdió la vista hace cuarenta años cuando oficiaba de bibliotecario. Cree que resguarda los designios de Dios, representa al antiguo orden (Antiguo Testamento) y en su fanatismo está dispuesto a asesinar con tal que el libro de Aristóteles no vea la luz.
Burgos entiende que el mundo docto (que habla latín) debe gobernar por sobre el vulgo. Es un orden donde el temor a Dios mantiene al rebaño obediente. Hace cuarenta años que dejó de observar los acontecimientos del mundo real, representa la resistencia a los cambios en un escenario que dará paso al período del Renacimiento.
El tercer eje tiene que ver con el Abad benedictino. Abbone da Fossanova custodia los tesoros de metal y piedras preciosas, pero no sólo esos, también guarda en los relicarios artículos y osamentas pertenecientes a los santos y al propio Jesucristo. Este antagonista representará la riqueza material como diferenciadora y superior al estado en el que viven los que habitan en las faldas del monasterio. Es una especie de plutocracia que eleva a los religiosos a una categoría superior y por eso Abbone no está de acuerdo con los conceptos que se pregonan dentro de la orden franciscana.
Abbone ha encargado la resolución del misterio de las muertes a Guillermo debido a que de algún modo es su enemigo. Abbone conoce la verdad de Jorge de Burgos, pero deja que Baskerville pierda el tiempo. Guillermo no cree que sea el asesino, más bien será una última víctima que quizás no merezca ser salvada.
Jorge de Burgos esconde el libro que propicia a la risa como fuerza creadora. La segunda Poética de Aristóteles insinúa que el universo fue creado a partir de las carcajadas de Dios. Burgos no está dispuesto (cree que es su mandato divino) a que la risa que abunda en el ignorante sea la que rija el mundo. Cree fervientemente en que el miedo al diablo permite mantener al vulgo a raya, en cambio Aristóteles piensa que mediante la comedia (Dante Alighieri hablaba de La divina comedia) se escudriña en la vida de los pueblerinos y mediante la risa se exponen sus defectos, accediendo a la mejor comprensión del espíritu humano. Burgos está convencido de que el hombre docto debe preservar el saber, no así desentrañar sus misterios. Teme a que, dada la reputación de gran filósofo, el texto de Aristóteles sea venerado y validado por las mentes más doctas. El poder de la risa hace ver al diablo como una caricatura, el hombre vulgar dejaría de temerle y el temor a Dios y al demonio dejarían de ser el orden rector sobre el comportamiento humano. Entonces reinaría el caos. Jorge de Burgos comienza a tragarse las páginas envenenadas con el objeto de que el mensaje de Aristóteles no contamine al hombre.
Ese viejo orden es totalitario y abusa del temor del pueblo. Desconfía del hombre común y lo considera un ser no pensante. La gran masa es inculta y se consume a sí misma mediante actos violentos. Se insubordina ante la injusticia cuando pierde el miedo a los poderosos. Umberto Eco hace que el lector se enfoque en los tres temas enunciados en la novela, en los tres antagonistas de Guillermo de Baskerville, esos tres personajes utilizan su poder, amparados en el temor del pueblo: miedo al pontífice, miedo al demonio y a morir de hambre si el Abad no les proporciona alimentos.
La comedia liberaría al vulgo. Conviene que el saber escondido en la tragedia siga a cargo de la vida terrenal. Como retrataría Milan Kundera al humor (que provoca la risa) en su primera novela La broma (1967), una simple secuencia jocosa de palabras produciría un cataclismo, es vez de creador, esta vez sería destructor del orden imperante. Tal como pregonaba Jorge de Burgos, la risa no es amiga del orden totalitario de la Iglesia ejercido a través de la Santa Inquisición, como tampoco los regímenes fascistas, tanto de derecha o de izquierda, cultivan el humor. A Kundera el optimismo del comunismo le parece una estupidez, no es más que una broma inofensiva que viaja a través de una carta a su amada. Pero el Partido tiene derecho a conocer el contenido de esa misiva y la risa no abundará entre los representantes del Partido Comunista. La risa es enemiga del fascismo porque relativiza el temor del pueblo hacia sus autoridades (ya sea la Iglesia o el poder político). Desconfía del poder del pueblo para reírse de los gobernantes y en definitiva de sublevarse cuando éstos incurren en injusticias.
El pueblo no es una masa que carece de raciocinio, cultiva otro tipo de sabiduría quizás creada por la precariedad. Interpretando el paso de los siglos a partir de la novela de Umberto Eco, los regímenes fascistas han ido desapareciendo de la faz de la tierra. En pleno siglo XXI, cuando esas ideas amenazan con estallar de nuevo, el poder del ciudadano común se expresa en estallidos sociales que elevan ese sentido común a un escenario que promueve cambios.
Jorge de Burgos le temía al vulgo, Hitler buscaba en los judíos su chivo expiatorio, Stalin estaba dispuesto a sacrificar millones de vidas, con el objeto de mantener el orden antiguo, de instaurar regímenes de terror sobre la población obediente bajo el pretexto de una ideología que perseguía una supuesta única verdad.
Jean-Jacques Annaud dirigió una película homónima. El nombre de la rosa (1986) es una cinta que se hace cargo de las acciones descritas en el libro de Umberto Eco, le da rostro a los distintos personajes y parajes de esa antigua abadía, pero en cambio el espectador no percibe el sustrato profundo de la novela. Los tres temas principales se pierden en la secuencia de imágenes y el guion agrega romance donde no lo hay y un supuesto ajusticiamiento del inquisidor. Le resta peso a este último y lo banaliza como un ser injusto que debe ser castigado. Quizás haya algún acierto en oponer la quema de herejes al incendio de la biblioteca (en sentido contrario a la pretensión del autor), pero de todas formas el final propuesto por el cineasta le quita peso dramático a una obra de gran envergadura.
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