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"Soy un bicho de la tierra como cualquier ser humano, con cualidades y defectos, con errores y aciertos, -déjenme quedarme así- con mi memoria, ahora que yo soy. No quiero olvidar nada."



José Saramago

jueves, 2 de febrero de 2017

CUATRO POEMAS INÉDITOS DE "TOBALABA" DEL ESCRITOR Y POETA CHILENO DIEGO ALEGRÍA






9 de enero


lejos
de cualquier

vestigio del sol
en mis pensamientos

los brillantes
senderos de tobalaba

bajo la fresca
hora del amanecer



15 de enero


hay
veces

en que no
distingo

el trazo
de mi letra

sobre el parque
tobalaba

el trazo
de mi huella

sobre la página
en blanco



11 de enero


bajo el
pesado

amarillo
del verano

ebrias
del dulce

licor de la
primavera

las hojas
del álamo



13 de enero


sólo
después
de escribirlo

puedo
recorrer

–en su
plenitud–

este
paisaje
caminante

POEMAS DE MURVIN ANDINO (HONDURAS)




Del libro “La estación tardía”

La estación tardía

Espero alegre la salida y espero no volver jamás. Frida                         

Estábamos solos,
las cosas comunes, la vida y yo.
Nos envolvía el juvenil desaire de la existencia,
nos consternaba el día de anegada vergüenza.
Despertaba el orden cotidiano de las cosas,
nos devoraba la materia en su dualidad moral y espiritual.   

Éramos jóvenes aún,
experimentábamos lo brutal
como una condición inalterable,
la fatalidad imponente,
el odio, ¡oh Dios!,
eran los días del plomo y la codicia,  
de la violencia atroz y la cruz insaciable del destino.

Nos invadía el único motivo,
la sensación cronológica,
la ceniza doblegada.

Jamás la sangre por los ríos de bestial reflejo,
jamás el cielo púrpura
-ni volver enfermo cada salvaje verano-.
Jamás esa venganza
o las calles que no importan,
ni alumbran,
ni esa canción de criminal recuerdo.

Tengo amor,
tengo sueños para un país que se acaba,
la infamia,
tengo la existencia pulida de muerte,
el odio,
el óxido radiante de los años,
la soledad,
el amor sufrido
y la necrópolis que no vencimos,
que inyectó el vacío como un veneno lento e inverso,
como un indómito relámpago. 


Irreversible

Yo siempre fui un adiós... Un brazo en alto, un yaraví quebrándose en las piedras, cuando quise quedarme vino el viento, vino la noche, y me llevó con ella.
Atahualpa Yupanqui

Oscurece,
se consuma la batalla con el tiempo
y el gran espejismo que mutila la ciudad.
Se llena la calle de silencio,
de reflejos que transitan el olvido.
Carga la gente su dolor
y sonríe a pesar de su delirio. 
La escasa luz se va difuminando,
el pecado y la agonía estrechan las palabras,
desaparece la multitud poseída de infinitas preguntas.

El hambre azota a la solemne figura
-el hambre es un monólogo
que quebranta la belleza-.

La gran metáfora de la vida expira con el caserío
                                       en su inocente fulgor
y la lluvia ejerce su castigo en la catástrofe del ser,
que, incuestionable, ajeno y elocuente,
niega su venganza.

Estamos de pie ante el equinoccio
en ese frenético mar de estatuas,
estamos en el instante que devasta todo
y cegamos al antiguo cíclope con atisbos de traición
o la elegancia de los pobres en su trajín cotidiano.
Estamos en el instante que dejó la carne erguida
y la inútil luna que esparció sus criaturas
                                               de fatales abrazos.
Viajamos en el camino de los magos
que no escapan del diluvio,
de la mañana,
del sueño,
de la cíclica serpiente
y su fatal movimiento de reloj
o sus minúsculos incendios.


El amor irrumpe,
pero la noche es una inválida memoria
donde cada situación nos desdibuja.
La noche es un jardín de infinitas mariposas,
para morir se necesita una palabra,
una visión carnal del paraíso
-el paraíso subterráneo del corazón-
que acostumbre al transeúnte,
que domine el poder absoluto y la indiferencia,
la mentira.

No tengo el dolor de todos
ni el miedo del rotundo ser,
la teoría de la misericordia
o las falsas aves de ternura.
No tengo la pasión de quienes
dejaron todo como un secreto.

La noche oculta los enigmas cotidianos
y es la misma desnudez,
el irreversible laberinto de la vida
que, sediento y nauseabundo,
arrastra el asombro del destierro
y la sustancia que exalta la arena,
el metal,
la arteria,
la maldad,
la tormenta,
la sangre,
la desdicha
y cada noción de sentimiento transgredido
o advertido
o escupido
en las vertiginosas islas de la noche
que derraman su espesor
como una vieja lámpara que se oculta
con el efecto definitivo de lo que ya es eterno.




En el valle de las sombras de muerte

“Vas a morir como un ganglio de luz que se ha vuelto loco…” Papasquiaro

Se puede enarbolar el miedo,
disipar ansias,
soportar ofensas y otros horóscopos.
Se puede negar el mal,
el fuego que dispara gritos en infinidad de sentimientos.
Se puede una voraz infamia,
un cuerpo lívido
o una catástrofe de medidas sentimentales,
los senderos recorridos para no ceder la oscuridad
u otras atrocidades inhumanas. 
Se esconde la maldad, se asume,
se incita a no entender ese marasmo,
ni esos gigantes necios que arrebatan la sangre,
la médula del ser
y la canción de la vida. 
Acá el enemigo contundente,
los huesos que asoman como flores
geográficamente antiguas
y se vive de miedo o de artificios de la fe,
de ese Cristo terrestre y lacrimógeno
de mirada incoherente
que no extrañamos ni exigimos
en el valle de las sombras de muerte.



Del libro “El último baktún”

I
El último Baktún
Llegan las últimas horas de la noche
y el gran dios sibarita se muere solo
con la fatal mordida en su costado
donde la fuerza de lo inexplicable cegará su espíritu rebelde
y vascular hasta lo más hondo de su anatomía.
Todos los credos que anteceden a su altar oscuro
fueron aislando multitudes y sus átomos asolaron la tierra
como un viento sideral que formó su memoria con la lluvia.
Desde la época primera, 
desde el inicio de los días,
desde la fundación del infinito
nos quedó rondando una terrible soledad.

Hunab-Ku nos dio la vida
y los hombres que poblaron la tierra
alguna vez fueron buenos.
Siglos después el último baktún había terminado
y para todos la humanidad soñaba despertar
siendo otra vez al ave infame.
Los herederos de la vida también blandieron armas
ante su destino.
Cuando el gran dios maíz creció,
llegamos a poblar la tierra.
Ya el barro y el viento tenían la sal convocada
para nutrir nuestros ancestros.
Yum-Kaax nos dio los elementos necesarios
al prolongar la estadía.

Zots, el pájaro ciego y roedor,
había establecido la piedra al sosegar el tiempo.
La doble serpiente y el jaguar,
las aves que anidaron en manadas sobre el bosque
circundante.
Todo, desde la creación, se había establecido:
la triste gota diurna que abandona el vaso,
el eslabón de horror y madrugada,
los festivos abrazos y el adiós para todos,
la invasión maligna que nos haría ser.

Desde la altura de sus templos podíamos ver el mundo,
reinventar los mitos y adueñarnos de los últimos astros.
Ya estaba prevista la oscuridad y el mal,
los eclipses sagrados del espíritu.

Lo había dicho la serpiente emplumada Quetzalcóatl,
Kukul Kan, Kinich Yax Kuk Mo, Nenúfar Jaguar,
Luna Jaguar, Dieciocho Conejo:
en cada katún, cuando la luna ocultara su membrana,
todos seríamos borrados para desbaratar la humanidad.


II
Ideario de la creación

El sol era una luz perversa, amotinada,
una ciudad ceñida en el horror, anatómica, violenta,
el miedo esparcido en el entorno, como el sueño.
Una canción vital o el cielo púrpura impredecible.

Siglos atrás llegaron los viajantes precedidos de un extraño viento
a invadir la sangre inofensiva,
la herencia sagrada de los pueblos,
los parques, los extensos planteles y galeras,
los horarios mutilados,
los autobuses dislocados,
la ciudad y su expansión desorbitada,
los buitres que acobardan la inocencia
en imágenes de excreción y territorio,
las extintas luces que llevaron la tierra al equinoccio.

El barro abatido, antes que nosotros llegáramos,
ya intuía la maldad,
el alquimista violento transformó el plomo al atenuar la materia.
Nos fue cegando el espíritu
y el miedo que heredamos mucho antes
para olvidar el retorno a la semilla.

Al llegar encañonaron las montañas,
los valles y estructuras,
marcaron a todos los ocultos
y la tierra nunca más fue nuestra.
 
En todos lados su invasión se tornó nefasta,
las ínsulas sagradas del espacio,
precipicios y estandartes se negaron,
interiores indelebles,
monolitos donde el mal no llegaría.




III
Desde el origen
Eran las lágrimas, al inicio de la oscuridad,
la eternidad desdentada, 
los pobres llorando espinas o limosnas.
Era el mineral infinito, repetido,
la sangre corrompida y otros mecanismos
de rigor,
el mito humano predicando otra vez su inconsistencia.
Lo predijo el último rey maya,
el presagio del gran adivino decía que debíamos
expulsar al extraño.
Matarlo si era posible para no ver crecer su maldad. 
Para ello surgió la obsidiana desde el fondo.
El pedernal, con toda la fuerza de la tierra,

todo volvería con nosotros hechos sombras.

Murvin Andino Jiménez, San Pedro Sula, Honduras, 1979. Poeta, narrador, editor, investigador literario, licenciado en Letras con orientación en Literatura por la UNAH.
Ha obtenido los siguientes premios: Primer lugar a nivel nacional Premio Óscar Acosta año 2001. Mención de honor Instituto Cultural Latinoamericano, Junín, Argentina, 2001. Ha obtenido premios en los Juegos Florales de Santa Rosa de Copán, Honduras, en los años 2006, 2008, 2010, 2011, 2012 y 2013.
Premio nacional de cuento otorgado por el Grupo Ideas y la Sociedad Femenina de Letras en 2013.
Parte de su obra poética y narrativa ha sido publicada en revistas literarias de Honduras, España, México, Nicaragua, Colombia y Brasil. Ha sido antologado en los libros Muestra poética (2002, San Pedro Sula), Cuarta dimensión de la tarde (2011, Holguín, Cuba, y San Pedro Sula, Honduras). Apresurada cicatriz: instantáneas de la poesía centroamericana. (México, 2013) y Voces de América Latina. (EUA, 2016).
Ha publicado los libros de poesía Corral de locos (2009), Extranjero (2011), La isla dividida (2015) y La estación tardía (2014, en versión electrónica). Fue parte del grupo de selección para la antología El canon abierto, última poesía en español, (2015) de la editorial Visor. Es miembro del consejo editorial de la revista Decenio de Nicaragua.         
Ha participado en los festivales de poesía de Pereira, Colombia, en 2009, Managua, Nicaragua, 2012 y 2016, Chinandega, Nicaragua en 2013 y Festival de poesía de Cartagena, Colombia, en 2015. Escribe artículos para Diario El Heraldo y ha impartido talleres de creación literaria a niños de su ciudad.
Es catedrático del área Humanidades y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.

TRES COMENTARIOS DE CINE POR EL ESCRITOR ANÍBAL RICCI



CUENTOS DE LA LUNA PÁLIDA (1953)
Dirigida por Kenji Mizoguchi

La escena fantasmagórica en que Genjurô y Tôbei surcan el lago junto a sus esposas, en búsqueda del poblado mayor con el objeto de vender las cerámicas a mejor precio, es de tal belleza estética que conmueve y anticipa que la cinta se moverá por cauces de cine fantástico. Genjurô y Tôbei son dos campesinos ambiciosos, el primero quiere enriquecerse a costa de la guerra civil que transcurre durante el período feudal y el segundo desea convertirse en samurái. La historia se basa en una leyenda japonesa que intenta mostrar los estragos que produce la avaricia en el corazón del hombre. Mizoguchi, que desprecia tanto el comercio como la milicia, intenta a través de esta fábula exaltar el valor de la familia. Genjurô se dejará seducir por la princesa Wasaka y se internará en una vida de lujos junto a un espectro que ha vuelto a materializarse en busca del amor verdadero. Será hechizado y apartado de su mujer, esta última deberá arreglárselas sola con el hijo. Tôbei, por su parte, huye con el dinero, se compra una armadura y mata cobardemente a un samurái, accediendo al honor de convertirse en uno de ellos. Sus esposas son las que pagan los platos rotos, la de Genjurô es asesinada y la de Tôbei es violada. Ambos vuelven arrepentidos luego de asumir sus culpas y darse cuenta de lo que dejaron atrás. Los encuadres, unidos a una buena utilización de la música, dan a este melodrama una tonalidad tétrica, profundizada por el claroscuro de su fotografía en blanco y negro. Para lograr que perdure la familia, los hombres deberán poner los pies en la tierra y olvidarse de sueños inútiles, siendo las mujeres las que aportan inteligencia e instinto de conservación. La voz en off de la mujer de Genjurô, desde el más allá, supone que su esmero ha rendido frutos, mientras un hermoso plano se despliega tras su tumba.


JOHNNY GUITAR (1954)
Dirigida por Nicholas Ray

Western donde las protagonistas son dos mujeres, contrario a la exaltación masculina propia del género. Vienna representa a la mujer idealista que se ha labrado la vida por sus propios medios, en cambio, Emma pertenece al grupo de los poderosos ganaderos que no toleran intromisión en sus vidas. Este desencanto ante una sociedad injusta será la impronta que el director abordará en varias de sus películas. También responde a los cánones del film noir, en tanto hay bandoleros que roban un banco y son perseguidos por la justicia, en este caso el sheriff. El retorno de Johnny Logan a la vida de Vienna (tras cinco años de ausencia) viene a alimentar una vieja historia de amor, columna vertebral de la cinta, aunque por otro lado, Vienna ha sido la amante de Dancin Kid, anterior pareja de Emma, razón que justifica el odio que siente esta última por su rival. La caracterización de las mujeres es mediante gestos exagerados, algo expresionistas, que se verán acentuados por los furiosos colores del TrueColor. Escenas memorables son la de Vienna tocando el piano con un espectacular vestido blanco (enfrentando a todo el pueblo que va de luto), el diálogo romántico entre Johnny y Vienna durante la primera noche y el duelo final entre las dos mujeres. La mayoría de los personajes (sobre todo los secundarios) son perdedores que dan cuenta de una sociedad intolerante y podrida desde sus cimientos, donde el incendio del salón cumple una función metafórica. El guion de gran factura es cruzado por brillantes parlamentos. La banda sonora anticipa las acciones y su tema principal es la perfecta rúbrica para el apasionado beso tras la cascada. Se trata de una película inclasificable, de personajes introspectivos que transitan por diversos géneros. El formato de western es sólo la excusa para desplegar las obsesiones del director.


MOONLIGHT (2016)
Dirigida por Barry Jenkins

«Es peor si te quedas adentro», dice Blue, invitando a Chiron a cruzar el umbral de la puerta (afrontar la vida). Chiron es un niño negro (lo apodan Pequeño), vive con su madre y sufre bullying por parte de sus compañeros. No le gusta el fútbol y siente diferente al resto. Blue es traficante, encuentra a Chiron encerrado en una casa abandonada y de inmediato entiende que está solo en el mundo. La película se divide en infancia, adolescencia y adultez. Las primeras etapas Chiron las soporta sin la ayuda de su madre, más ocupada de su drogadicción que en educar y brindar afecto. Chiron es de pocas palabras, sólo se abre ante Blue y su pareja Teresa. Ellos suplen la función de los padres ausentes y la casa de ellos es su único refugio. La cinta está teñida por un tono melancólico, contenido, narrada desde el punto de vista de Chiron a través de tres distintos actores que dan vida a Pequeño, Chiron y Black. Eso está muy bien, lo mismo que los tonos Kodak de la fotografía, son consistentes. Sin embargo, la historia transcurre de un clisé a otro, siguiendo la indefinición interior del personaje, que sólo va cambiando exteriormente a través de los años, desde un chico flacucho hasta convertirse en un hombre musculoso y estiloso. Es interesante el juego con las puertas. La primera vez que se atreve a atravesarlas es la primera vez que enfrenta a sus acosadores, marcando el fin de la adolescencia. Chiron nació en Florida, pero huye a Georgia donde parte de cero, sin que los demás le enrostren su pasado. El tema de la homosexualidad está tratado sutilmente, como si el director no quisiera herir al espectador con fuertes imágenes. Molesta que la historia y los personajes sean tan predecibles, que sigan siendo contenidos a pesar de haber vivido etapas dolorosas, eso no parece muy coherente. La madre aparece en pesadillas, le grita y le da la espalda, mientras se oyen desquiciantes tañidos de violín. Chiron se ha convertido en otro traficante de drogas, pantalla para permanecer aislado de la violencia de la gente. Se trata de una historia íntima, de todo lo que le cuesta a Chiron poderse encontrar consigo mismo, pero carece de sustancia debido a que no ha encontrado una actividad (o algo) que le permita sentirse libre, el espacio en el cual los demás no puedan hacerle daño. Elige ser traficante, pero pareciera que no es más que una coraza, como si él mismo estuviese cerrando sus propias puertas y ventanas.