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"Soy un bicho de la tierra como cualquier ser humano, con cualidades y defectos, con errores y aciertos, -déjenme quedarme así- con mi memoria, ahora que yo soy. No quiero olvidar nada."



José Saramago

miércoles, 30 de enero de 2019

CUATRO MIRADAS ACERCA DE LA POESÍA DE ANDRÉS MORALES (EDUARDO ANGUITA, MIGUEL ARTECHE, JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN Y EDUARDO MILÁN) DEL LIBRO "LA POESÍA COMO UN DIOS" EDITADO POR GIOVANNI ASTENGO (PISO DIEZ EDICIONES, SANTIAGO, 2018)

EDUARDO ANGUITA

MIGUEL ARTECHE

JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN (ESPAÑA)

EDUARDO MILÁN (URUGUAY)

Cuatro miradas acerca de la poesía de Andrés Morales

I.              Sobre Lázaro siempre llora
Eduardo Anguita

Al pasado libro de poemas de Andrés Morales-Por ínsulas extrañas- sucede este, en versos blancos, y no rimados, aunque sí con ritmo propio, titulado Lázaro Siempre Llora. Carentes de aquella rima tan peninsular que exhibía, ahora el poeta opta por cierto desaliño coloquial chileno, y con lo que dice cosas de calidad trascendente y de una intención telúrica afectiva: es decir, él es como un nuevo Lázaro que se enfrenta a un “tú”, que más parece ser la tierra, la Patria nuestra, una mujer hecha geología en cuyo seno él vive, muere y resucita. “Así me fui quedando con la tierra/ Que hubo para mí en el camino/ Mi patria levantó su cuerpo muerto/ Al ritmo de los pasos y del mar”. Es a la Patria a quien canta, doliéndose a sí mismo.
 Andrés Morales ha publicado también Soliloquio de Fuego que apareció en una Antología de poesía y prosa, compilada por Miguel Arteche, 1984.

      (Contraportada de Lázaro siempre llora, Santiago de Chile, 1985) 

II.          De las regiones infernales a la playa
                     de la infancia

 Miguel Arteche
                                         
Esta decadencia no es la decadencia de Occidente y es la decadencia de Occidente. Por ejemplo, la del hablante lírico y el gozo de innumerables lectores y auditores. Conviene tomarlo en cuenta antes de entrar en estos poemas. Lo seguro es que no se trata de la decadencia de Andrés Morales. El decadente no suele hablar de su decadencia.
                                          Es un oficio de tinieblas en tiempos rodeados de muerte, a la que se disfraza con el éxito, el poder o el dinero, trinidad de los que trafican con bicarbonato de lavanderías que, cuando se aplica a los poetas éstos huelen y no precisamente a rosas. La importancia de los títulos es que aquí son poemas o anuncios de poemas. El poema está en las mayúsculas y en las minúsculas. Luego: la estructura que se sostiene en endecasílabos, decasílabos o dodecasílabos. Recordemos que en esta benemérita república los proclamados poetas escriben en versos que ellos llaman libres, aunque no saben lo que es un endecasílabo. Esta designada república vive de apariencia, insolencia y dolencia. Morales acota en estrofas clásicas.
                                          Las regiones infernales que explora el hablante son las fiestas del demonio, pero también sus orgías gélidas. Son los sueños como pesadilla, el demonio del reloj, el duelo de las noches, los hermanos muertos en la puerta, la fila de difuntos puestos uno sobre otro, el quedarse en el puerto esperando algún navío que no vuelve, el vals de despedida al más allá. Es decir, la exploración del infierno de hoy. Pero después, en relámpagos de versos, la inédita belleza de la calma en deslumbrantes islas de color violeta. La música del mar descubre al tiempo, el largo aliento del silencio, como único alimento. El viaje, en fin, por el infierno y el purgatorio, y las ventanas que se abren a la playa de la niñez.
                                          Andrés Morales mantiene aquí, como en otros de sus libros, la seguridad del oficio, la fuerza de sus imágenes, y en el temblor de la nostalgia encuentra el aire perdido de la infancia, que es como la vida nueva de todo poeta.


(Prólogo a Escenas del derrumbe de Occidente. Red Internacional del Libro. Santiago de Chile, 1998)


III.      Vicio de belleza
        Jorge Rodríguez Padrón


                                                   Empiezo por el título: no sólo acertado por sí mismo, sino porque compendia muy bien el sentido global del mismo. Hay en estos poemas una peculiar (y ajustada, por justa y por rigurosa) tensión entre lo placentero y lo inalcanzable; entre el rigor de lo bello y lo inestable del vicio. Y eso, por un lado, tiene un carácter de certeza trascendental; pero, por otro, no puede sustraerse (y es lo más notable a mi entender) a una particular agresión irónica, tanto en su materia (la existencia y su degradación física y temporal) como en lo que atañe al lenguaje (siempre en esa delgada, y delicada, línea entre lo dicho y lo no dicho). Ya digo: su mejor valor.
                                                   Pero es que tal posición de partida, que se mantiene como sustento nuclear del conjunto, nos lleva a lo que resulta ser el “meollo” de esta poesía: la necesidad de revelar lo invisible. Lo que esta escritura revela, alumbra, ilumina, descubre – y en esto apuesta por un radicalismo indiscutible- es aquello que no se ve y no se dice: el otro lado del discurso. La palabra, el verso, apenas es el teatro de tal proceso de búsqueda e inauguración: la escritura nos lleva hasta el borde y allí nos deja, ante lo blanco que es también la luz. Un ejercicio disciplinado –entendiendo por disciplina una exigencia mallarmeana- que contiene un impulso que, a este lado del vivir, existen. Y que suele ser el lugar donde el común de los mortales (y muchos de los presuntos poetas) solemos detenernos.
                                  ¿No es el poema “Nocturno de las voces”, por ejemplo, una suerte de archipiélago de palabras, o de constelación de palabras, en el mar, ¿o cielo oscuro de la página? ¿No se iluminan o se descubren, unas y otras, en ese discurrir que es el poema; y no se apagan (se pierden para dar paso a la verdadera luz que es el blanco alumbrado) después de oírlas? Lo mismo me parece en un poema muy bello titulado “Retrato bajo la lluvia”.
                                  Y, acaso, “Arte Poética” me dé la razón, confirme como corroboración final, a punto de ir a la Segunda Parte, cuanto vislumbro. El ejercicio de la poesía como una acción que supone un progresivo borrar la palabra, hacerla desaparecer en su integridad física, para que renazca (deletreada, balbuceada al azar) tras “despertar al sueño vivo y a la muerte”.
                                  Un ejercicio, en fin, de precisión rítmica: abriendo siempre la atención con intención. Ajuste, como decía al principio, entre el verso que discurre y la pausa que se abre: una respiración muy interesante la de estos poemas. Respiración interesante, porque en ella se va la vida. No en vano, la segunda parte sucede a la “Última voluntad” que se hermana con el poema más histórico de todo el libro, “Los elegidos”. La segunda parte, donde se desarrolla, precisamente, esa otra cara del ejercicio poético de Andrés Morales: el ajuste de cuentas con el tiempo. Este presente de la palabra escrita donde los elementos son la memoria. Es decir, donde la experiencia habida, en vez de ponerse en marcha de nuevo, y discurrir (la anécdota) en el poema, está en el poema; más es el poema. No es casualidad que sea una secuencia de visiones, una especie de apocalipsis al revés (Visiones de San Juan en Occidente, MCMXCII); o quizá, haya que decir el apocalipsis, culminación de la experiencia visionaria, al derecho. Nuevo Patmos.



[Revista Chilena de Literatura, N. 41. Santiago de Chile, abril de 1993]


  
IV.       Moral luciferina insobornable
Eduardo Milán



Andrés Morales escribe desde el asombro y desde la duda. Su poesía no es un gesto operático: es un rumor, un acto de cautela con la palabra y con el mundo... El lenguaje no caracolea sobre sí mismo al intentar el planteo de un segundo mundo, metáfora del primero. Morales va de frente: estos son los objetos, dice, y esto me dicen a mí.  No es notoria, en este poeta chileno, ninguna ansiedad para escapar al tejido intertextual del entredicho. La poesía de Morales avanza, retrocede, se pregunta o se afirma, se desdobla, hace pareja con su eco. Nunca se traiciona para caer en aseveraciones categóricas. Al ponerse en duda pone en duda al mundo y ese mundo se refleja en un lenguaje fragmentado, astillado. Es que no se puede pretender aseverar en la actualidad: todo está en duda. La aseveración (o incluso la celebración) es una forma de traicionar lo real, la única devoción que legitima la búsqueda de un poeta. En esa morada vive la poesía de Morales.         



 [Vuelta, Año XIV, N. 169. México D.F., México, diciembre de 1990]

  



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