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"Soy un bicho de la tierra como cualquier ser humano, con cualidades y defectos, con errores y aciertos, -déjenme quedarme así- con mi memoria, ahora que yo soy. No quiero olvidar nada."



José Saramago

martes, 4 de julio de 2023

"ALLEN GINSBERG" (Y STELLA DÍAZ VARÍN) POR MARTÍN HUERTA (DE LOS ARCHIVOS DE EL PERIÓDICO "LA NACIÓN")

 




Empezaba la década de los '60, era enero, cuando Nicanor Parra fue invitado por la Universidad de Concepción al Primer Encuentro de Escritores Americanos, organizado por el poeta Gonzalo Rojas. También acudieron Ernesto Sábato, Miguel Arteche, Volodia Teitelboim y dos poetas "gringos": Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg, entre muchos más. Ginsberg era un poeta de la Beat Generation, con estudios en la Universidad de Columbia y un pasado surrealista ligado con las drogas y el vagabundeo: un payaso, un ser humano, un gurú poético del movimiento hippie, un ser desmembrado desde una sociedad conservadora, un trasgresor litúrgico que vomitaba diatribas contra el consumismo y las guerras, queriendo cambiar este puto mundo con el arte. También daba apoyo a las grandes causas: la liberación sexual, el libre acceso a la marihuana y los postulados del gay power.

Lawrence Ferlinghetti era poeta y también editor, en 1956 le publicó a Ginsberg uno de sus más celebres trabajos: "Howl" (Aullido).

He aquí algún fragmento de "Aullido": "He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas, histéricas, desnudas / arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de una dosis furiosa / cabezas de ángel abrazadas por la antigua conexión celestial al dinamismo estrellado de la maquinaria de la noche…".

Cuando los poetas llegaron al foro de la universidad y se dio inicio al encuentro, de entrada la nota alta la puso Ginsberg voz en cuello exigió marihuana para todos: "Hay que ventilar a este país", adujo. A Nicanor le encantaron "los gringos", con quienes trabó sólida amistad, tanto así que Lawrence Ferlinghetti terminó siendo su editor y luego que éste regresó solo a los Estados Unidos, se trajo a Ginsberg a su casa. ¡Mejor no lo hubiera hecho! Alternaron más de tres meses y Allen exigía al antipoeta tener una buena provisión de drogas.

Parra, para desentenderse de una vez de este especial personaje, invitó a almorzar a la poetisa Stella Díaz Varín a su casa de La Reina. En mala hora la Stella aceptó; pero como no hubo almuerzo, Nicanor pidió a Stella almorzar en casa de ella. Partieron con Ginsberg a la calle El Pillán 1834, en Las Condes. Esta tenía la particularidad de ¡tener un árbol dentro de la casa! En efecto, entre el living y la cocina había un peral. "Nos dio cosa cortarlo", argumentaron Stella y Luis Viveros; su marido.

No bien terminaron de almorzar, Nicanor desapareció de escena y, sin dolor, le endosó el poeta gringo a los Viveros-Díaz. El "gringo" se desordenó cada vez más, tenía la casa pasada a marihuana, llegaba a dormir a la hora de los quesos en compañía de amigotes que recogía en el bar Il Bosco y la situación se empezó a tornar "peluda" para Stella: Luis llamó a terreno a su mujer.

-¡O ese "güevón" o yo!

Stella rompió a llorar. -Démosle otra oportunidad- imploró.

Pero el destino contempla variables inesperadas. Esa misma noche, Allen, presa de terribles alucinaciones -según Stella por el síndrome de abstinencia- se levantó a las 4 de la mañana y los dueños de casa lo encontraron encaramado en lo alto del peral.

-¿Qué haces allí, Ginsberg?

-¡Baja ya!

-He venido a buscar un "cogollou" de marihuana...

-¡A balazos te voy a bajar huevón! -explotó Viveros y partió a su estudio en busca de un arma.

El matrimonio estalló en una conflagración de proporciones bíblicas...

-¡Por tu culpa!... dijo Luis corriendo presa de la ira. Al tanto Stella subió al dormitorio y ambos con pistolas en sus manos se encontraron en la escalera, dispuestos a intercambiarse disparos. Una milésima de segundo de lucidez de los contendientes permitió no cometer un desaguisado... Se miraron a los ojos para luego confundirse en un estrecho abrazo de amor. Las armas rodaron escalera abajo. Cuando las veleidades hubieron amainado, partió Ginsberg, pero la vida nunca volvió a ser igual para los Viveros-Díaz.

Ocho años después, cuando habían separado aguas, y los buenos vientos de la tierra hicieron olvidar los malos ratos, Stella recibió un presente desde Estados Unidos: era Ginsberg que le hacía llegar un nuevo poema y un papel garrapateado que rezaba: "Thank you...! Viva la mariguana! ¡Viva Príapo! / Por favor amo / Por favor amo puedo tocar su mejilla / Por favor amo puedo arrodillarme a sus pies / Por favor amo puedo aflojar sus pantalones azules / Por favor amo puedo mirar su vientre de vello dorado / Por favor amo puedo bajar suavemente sus calzoncillos / Por favor amo puedo tener sus muslos desnudos frente a mis ojos / Por favor amo puedo sacarme la ropa bajo su silla / Por favor amo puedo besar sus tobillos y su alma…" (Fragmento).


LECTURA DE POESÍA EN CARTAGENA, CHILE: "POETAS EN CASA DE VICENTE HUIDOBRO", 8 DE JULIO DE 2023



 

LANZAMIENTO DEL LIBRO "VEINTE PÁJAROS" DE EUGENIA BRITO ("ESCORPIÓN AZUL LIBRERÍA", SANTIAGO DE CHILE, 6 DE JULIO DE 2023)



 

"POR AMOR" TEXTO DEL ESCRITOR CHILENO ANÍBAL RICCI



El hombre ciego apenas distingue las sombras, el daño ocular seguirá su evolución antes de que se extinga la luz. Despierta asustado por un ruido violento en la planta baja mientras su esposa duerme. No enciende la lámpara, sabe que en la oscuridad puede ver más que cualquier mortal. Se calza los zapatos y a tientas se dirige al comienzo de la escalera. Hay alguien en el comedor, su corazón se acelera y toma entre sus manos una pieza de bronce. Desciende sigilosamente los peldaños y se dirige a la cocina. La otra puerta lo separa del sonido. Espera el momento calculando el lugar que ocupa el sujeto. Escucha el crujir del parquet y levanta la escultura.

          –¿Dónde estás Agustín? –se oye desde arriba.

          Retrocede sus pasos y se oculta bajo el descanso. El intruso salta hacia el living y se detiene a los pies de la escalera. Agustín oye su respiración a menos de un metro de distancia, pero está en una posición incómoda para asestar el golpe. La respiración cesa y queda en un limbo. El sujeto ha detenido hasta sus latidos.

          ––¿Dónde estás Agustín? –han transcurrido exactos tres minutos.

          El sujeto comienza a subir los peldaños y los tablones delatan su peso corporal. Agustín no se atreve a salir del escondite y el intruso continúa hasta llegar al rellano. Lo escucha avanzar por el pasillo frente al baño.

          –¿Dónde estás Agustín? Recuerda que debemos levantarnos para ir a Osorno. Ya van a ser las seis y el bus sale a las ocho.

          Agustín empieza a subir la escalera, sabe cómo anular las pisadas. Transcurre un minuto. La mujer asume que está en el baño. Gira su muñeca y enciende el reloj de cuarzo.

          –Ya van a ser las seis, Agustín.

          El delincuente aparece en la puerta y Diana da un enorme grito. Sonido que aprovecha Agustín, avanza el recorrido que conoce de memoria y asesta un tremendo golpe al bulto.

          –¡Agustín, un ladrón!

          El intruso cae al suelo y aturdido apenas articula dos palabras.

          –Tío, soy yo. Elpis.

          Agustín también ha rodado por el pasillo y al oír a su sobrino descansa aliviado. Diana enciende la luz y ve a su marido tirado en el suelo. Elpis se levanta con dificultad y ayuda a su tío.

          –¿Te caíste, Agustín? Recuerda que debemos ir a Osorno.

          Agustín entra a tientas a la pieza hasta que encuentra a su mujer. La acaricia en el rostro y le dice que están a tiempo.

          –Ve al baño y bajas a hacer el desayuno.

          Elpis ayuda a Agustín a bajar la escalera mientras Diana se apresta a tomar una ducha.

          –Tío, discúlpame que te haya asustado. La luz estaba apagada y pensé que dormían. Buscaba un papel en el aparador y de repente escuché a Diana.

          –No te preocupes, fue sólo un susto.

          Se despide y queda Agustín sentado en el living. Hoy irán de nuevo a Osorno y mentalmente planifica el día.

          –Van a ser las seis –le vuelve a insistir.

          Transcurren diez minutos y se escucha a Diana en la cocina preparando el desayuno. Conversan algo trivial y suben a vestirse. A los veinte minutos cierran la puerta con llave y se dirigen al paradero que está a dos cuadras.

          –¿Qué hacen afuera a esta hora? –dice el vecino del frente.

          –Dando una vuelta –se apresura Agustín.

          –Hace frío para estar a esta hora –les responde.

          Están sentados en la banca del terminal. Diana le convida un sándwich y del termo sirve una taza de café.

          –Vamos a Osorno tan temprano. Apenas van a ser las seis.

          –Es la alarma, Diana.

          Transcurre el tiempo y ha llegado el bus al andén. Se acomodan en sus asientos y ella se queda dormida en su hombro.

          Llegan justo a la hora y se detienen en la cafetería de siempre. Él come unos huevos revueltos y ella un pastel. Diana pide la cuenta y saca una tarjeta de crédito de la billetera de Agustín.

          –¿Por qué tienes tantas tarjetas?

          –Tengo varias por si se acaba el cupo.

          Permanecen sentados hasta que los rayos solares elevan la temperatura. El mozo los conoce y retira sus tazas a tiempo. Agustín vuelve a conversar cariñosamente, respondiendo cada una de las preguntas de Diana.

          El hombre la mira, más bien observa su sombra. Recuerda el azul de sus ojos.

          –Eres mi vida, mis ojos. Te amo tanto.

          Recuerda ese último viaje a Bariloche. Diana lucía radiante a sus cincuenta años y estaban sentados en el salón del Peuma Hue. Habían disfrutado de una noche maravillosa en la lujosa habitación con techo y paredes de madera. Estaba nevado y el día anterior habían montado a caballo por la orilla del lago Nahuel Huapi. Junto a la ventana observan ese atardecer mientras comparten una botella de vino. Catena Zapata era su bodega preferida al otro lado de la cordillera. Se conocieron durante una visita al Ventisquero Negro a los pies del cerro Tronador. Celebraban sus bodas de estaño y cuando se conocieron ya era tarde para criar hijos. Agustín poseía unas tierras heredadas de su familia y había sabido invertir el dinero proveniente de los loteos. Dedicaban el tiempo a viajar y estaban asentados en Puerto Varas, aunque tenían una hermosa cabaña al otro lado del lago Llanquihue. Todos los fines de semana acudían a Puerto Octay donde la vida transcurría apacible. Agustín era dueño de la quesería La Vaquita y estaban orgullosos de que sus quesos fueran parte del menú en Argentina. Compró el negocio para que Diana lo administrara. Esa tarde pidieron su famoso queso azul que maridaba perfecto con el Malbec. Ellos se completaban las frases y los silencios. Les gustaban las camas pequeñas para dormir abrazados. Apoyaba su cabeza en el pecho de la mujer que amaba. Conversaban de libros, a ella le gustaba Cortázar y él prefería la magia de Borges. Ambos expertos cuentistas que deleitaban sus almas.

          –¿Nos devolvemos a Puerto Octay? Podemos llegar a tiempo para ver la puesta de sol.

          –¿Hiciste todos los trámites? –le respondía dulcemente con otra pregunta.

          –Claro, en eso hemos estado todo el día.

          Diana compra el pasaje de regreso. Está cansada y sigue con las manos heladas a pesar de todo el traqueteo. La espera al salir de Puerto Octay le pareció algo larga.

          –Tengo sueño, Agustín.

          Se bajan en Puerto Octay y recorren las dos cuadras. Son las once de la mañana y alguien los saluda.

          –Hola Diana. ¿Cómo has estado, Agustín?

          –Venimos llegando de Osorno, Diana me ayudó con los trámites.

          Entran a la casa y Elpis los está esperando en el living. Diana va a la cocina y se quedan solos. Conversa con Agustín que le explica que ella se desveló la noche anterior, que se despertó a la una de la madrugada.

–Tú mismo le pusiste la alarma a esa hora.

          A los sesenta años Diana experimentó pequeños olvidos. Cosas cotidianas, pero como hablaban de literatura y viajes, los recuerdos lejanos permanecían intactos. Perdió lucidez con los años, no así su belleza que adquirió un aire despreocupado. Ella siempre fue delgada y lo que más le dolió a Agustín fue dejar el sexo fuera de la relación. Le fascinaban sus senos pequeños y su trasero bien formado. Llevaba el cabello suelto y una sonrisa que lo enamoraba. Empezó a introducir personajes de Cortázar en las novelas de García Márquez y Vargas Llosa. Mezcla extrañísima, pero que él sabía anticipar enredándola en nuevas historias.

          Hace ocho años Agustín sufrió un ataque agudo de glaucoma, quedó prácticamente ciego y la memoria de Diana quedó atascada en tiempos remotos. Su amor e ingenio lograron templar los lapsus de su mujer. Olvidaba cosas que transcurrían durante el día, a veces pasaban unos minutos y repetía una frase que ya no recordaba.

          –¿Diana creyó que eran las seis de la madrugada? –Elpis imaginó el frío de la noche anterior.

          –Mañana iremos otra vez a Osorno a cobrar la pensión.

 

SESIÓN INAUGURAL DEL SEMINARIO DE MÚSICA "DOMINGO SANTA CRUZ", VÍA FB LIVE ETHICS, 5 DE JULIO DE 2023



 

APARECE EL NÚMERO 134 (JUNIO DE 2023) DE LA REVISTA "PREGÓN CRIOLLO" (BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE FOLKLORE DE CHILE)




 

ANDRÉS MORALES INVITADO AL "XXVI ENCUENTRO DE POETAS IBEROAMERICANOS, HOMENAJE A JAIME SILES Y MÍA GALLEGOS, DE AQUENDE Y ALLENDE, DE SALAMANCA, ESPAÑA" (16 AL 18 DE OCTUBRE DE 2023)



 

LA COLUMNA DEL POETA YVAÍN ELTIT: "KAREN PLATH, AL PREMIO NACIONAL DE EDUCACIÓN"



 

sábado, 1 de julio de 2023

IV ANIVERSARIO DE LA MAGNÍFICA REVISTA "ALTAZOR" DE LA FUNDACIÓN VICENTE HUIDOBRO, DIRIGIDA POR MARIO MELÉNDEZ MUÑOZ


 

"AMIGO ENTRAÑABLE" POR ANÍBAL RICCI (CHILE)


 

Los primeros seis meses dormí en el cuarto de alojados y desde el tercer mes comencé a arrendarle la casa de adelante. La limpié a fondo y compré un colchón nuevo, pero todavía mi cerebro escuchaba demasiadas voces como para ir a vivir en solitario. Un automóvil se fue a estrellar contra el portón de la entrada, deformando la puerta chica y sin posibilidades de cerrarla. Acudía todos los días a meditar en el sillón plegable y de a poco acostumbrándome a otras voces que habitaban el nuevo espacio.

 

En ese entonces tomaba 400 milígramos de quetiapina y 200 de Trazodona para lograr conciliar el sueño. Me acostaba a medianoche, apagaba la luz y veía películas hasta las tres de la madrugada. Sin volumen obviamente, tras la pared escuchaba pasos toda la noche y voces amenazantes. La ventana no tenía bisagras, por lo que la sensación de inseguridad era máxima. A cada rato me levantaba en medio de la oscuridad y escudriñaba a través de las cortinas. En una fábrica abandonada hacían fiestas bailables con un locutor que cada media hora hace alusiones retorcidas hacia mi persona. Estos eventos iban los jueves, viernes y sábado, por lo que esos días las veladas de streaming duraban hasta los primeros rayos de sol. Ponía en silencio el volumen del computador y oía un molesto ruido, que no era otra cosa que el disco duro que colaba voces malditas. Evitaba dormir temprano por temor a que los fármacos me dejaran inconsciente mientras ingresaban al cuarto y me apuñalaban. Cristian dormía profundamente, en la noche cuando me escapaba al baño subía a la tina y vigilaba por el vidrio de la ducha. Luego de dos meses no tenía tanto miedo y salía en pijama a recorrer el patio y el fondo que daba a la ventana. Nunca sorprendí a alguien, ni siquiera a los gatos merodeando. De hecho, ellos tenían su baño en la otra esquina que daba a la habitación de Cristian. Los ruidos nocturnos eran infernales, apenas podía mantener la atención en los subtítulos. Prefería las películas de acción y de ciencia ficción debido a sus concisos diálogos. Cristian Cottet contactó a Raúl Flores de la revista Dilemas y empecé a clasificar comentarios de películas del pasado para enviarle semanalmente.

 

Al cuarto mes volví a las salas de cine en compañía de Cristian. Acudíamos a los ciclos a bajo precio de la cineteca de La Moneda. Revisité películas de Wim Wenders, entre ellas Las alas del deseo. Reconozco que el director alemán es medio ampuloso a veces, pero tras una toma cenital, el punto de vista de los ángeles se desplegó magnífico en la pantalla. La cámara se internó por los edificios de Berlín y a pesar de las voces altisonantes que me hablaban tras el telón, pude enfocarme en la película y en medio de la oscuridad iba apuntando frases en mi cuaderno. Nadie se dio cuenta de que tomaba notas, al parecer en ese cine no me perseguía la gente que frecuenta las multisalas. Los ángeles no distinguen colores, desconocen el sabor de las cosas, pero pueden escuchar los pensamientos y susurrar palabras para rescatar a los mortales de la tristeza. Escucho esos susurros, pero son puros insultos que me hacen enfocar mis ojos en la puerta de salida. No hay nadie sospechoso. De verdad Cristian no se da cuenta de las voces que salen de todos lados, aunque por primera vez siento que me están dejando en paz, que sólo hablan de cosas sin importancia. Observo a Cottet y al parecer esta película no le está agradando, pero es la primera que pretendo comentar desde que llegué a Trinidad Oriente. Se está impacientando más de la cuenta y falta media hora para que termine. Sale de la sala y a pesar de quedar desprotegido, permanezco sentado en la butaca haciéndome el leso, tratando de pasar desapercibido entre los otros espectadores.

 

Termina la función y Cristian me espera en el hall de entrada. Mi amigo está molesto. Cómo le explico que me salvó durante estos meses. Los días que cocino hago cosas elementales como arroz, salteado de verduras, puré, hamburguesas y afortunadamente vamos a los chinos una vez a la semana. Cristian a veces hace cazuelas y platos más elaborados, por lo que temo todo el tiempo que no le agrade mi comida. Pero tras esos tensos minutos iniciales disfrutamos de la compañía y sellamos cada almuerzo con un café. Compré una máquina por goteo para hacer café de grano, mi manera de agradecer su amistad. Las tardes son tranquilas, sentados en la mesa rústica al aire libre y escuchando canciones de Sabina, Serrat, el «quiéreme» de Eduardo Aute. Aunque sea de verdad, sabiendo de mis excesos, sin el más mínimo pudor, este hombre luchó por la libertad de todos, incluso de los que ocuparon los cargos públicos. La democracia sobrevino a la dictadura, pero sabemos, un ex mirista como Cottet siempre supo que la izquierda está tan llena de alimañas como la derecha y que van a buscar réditos de sus exilios. La gente que perdió un riñón y fue torturada sabe de lo que habla y Cristian a la salida del cine me dice que la película le pareció una mierda. Los ángeles son seres que en cierto modo aún no han nacido, viven la eternidad sin correr riesgos, no se han jugado la vida en un juego de dados. Miserables que volvieron al país a que les devolvieran su poder con el fin de administrar el destino de los más pobres. Yo le retruco que la película rescata la fuerza de la palabra en esos tiempos aciagos. El actor se detiene en un puesto de comidas, en medio del frío matinal saborea un café y luego fuma un cigarrillo. Eso es lo que envidian los ángeles, le digo a Cristian. Me responde que los hombres le temen a la muerte, no como estos ángeles de pacotilla. Lo abrazo y le digo que es una historia de amor, que un ángel ha bajado a la tierra por una mujer. Una historia tan pura como nuestra amistad. Estoy apoyado en un fierro del Metro y me brotan lágrimas ante este gran hombre que tengo delante. Le convido una yanqui Coca-Cola y nos reímos en silencio. Lo quiero como nunca lo he querido, empieza a anochecer en ese instante y parecemos dos amantes. Amigos del alma que cambian de andén y hacen combinación a la línea cuatro. En la estación se suben unos barristas que patean los fierros y las puertas del vagón, es evidente que van drogados. Al primero que nos toque un pelo lo molemos a patadas. Cottet está sentado al lado del más violento, simplemente lo mira y el sujeto se va calmando. Ese instante ha muerto como si el mundo acabara. Cristian jamás me hizo un reproche, evidentemente no entiende a un drogadicto, pero soy su amigo y si le tocan un pelo, los muelo a palos. Llegando a casa unos borrachos han entrado por la puerta chica. Los golpeamos contra la reja, Cottet me ha dado ese espacio y ahora tomo posesión. Me dice que tengo que mudarme a la casa de adelante. Ya es hora y esa primera noche escuché más voces que en todo el mes anterior. Pero Carlina y Patana fueron a hacer la guardia y espantaron a todos los espíritus. Ese fue el adiós a todos los miedos contenidos, a esos almuerzos tirantes de opiniones encontradas, de dos entrañables amigos de vidas tan disímiles.

TALLER CON BIBIANA COLLADO CABRERA: "LOS LIBROS INCORRECTOS" (5 DE JULIO DE 2023)


 

BASES DEL IV PREMIO DE POESÍA LORENZO GOMIS (REVISTA "EL CIERVO", ESPAÑA)


 

"ESTALLIDO SOCIAL" POR EL ESCRITOR CHILENO ANÍBAL RICCI

 

 

David Costa declamaba en el escenario al interior del museo Artequín. Antes albergó al museo aeronáutico y tras los cristales se divisaba la Quinta Normal. Con Igor llegamos caminando desde la Plaza de Armas. Algo pasaba en el centro de la ciudad relacionado con estudiantes que saltaban los torniquetes del tren subterráneo. La iluminación de la sala no era suficiente, pero los focos instalados a ras de suelo daban atmósfera al drama. Un puñado de espectadores aplaudimos esa obra minimalista. Antes de entrar habíamos comprado un paquete de galletas en el quiosco del frente. Esa tarde preferí una Fanta y terminé su contenido al bajar las escaleras luego de la función.

 

Un amigo de David nos invitó a su departamento en calle Herrera. Los sillones y una mesa a baja altura dejaban a la vista unas paredes desnudas. De la cocina americana salieron unos pancitos para untar con salsas. Se destaparon unas botellas de vino y el anfitrión nos dio un recorrido por el quincho del segundo piso. Conversamos de la obra y de temas triviales. David nos visitaba desde Buenos Aires y por primera vez había montado en un lugar distinto al Chancho 6. Con Igor conversábamos en la terraza cuando en las noticias mostraron llamas al interior de las estaciones del Metro. Las imágenes eran impresionantes, la tarde ya auguraba que algo andaba mal ese día. Algo emotivo flotaba en el ambiente, faltaba contexto para dar una opinión, pero en primera instancia el fuego encendía los ánimos. A ninguno se le ocurrió que habían incendiado uno de los símbolos del neoliberalismo. Eso hubiera dicho Igor, pero en ese minuto su espíritu revolucionario lo transportaba cincuenta años atrás. El bombardeo de La Moneda era un símbolo del pasado e Igor estaba seguro de que estos incendios eran el comienzo de una insurrección popular. Guardando las proporciones, sentí algo parecido al día en que derribaron las Torres Gemelas. Atracción y repulsión al mismo tiempo. Seguro que tendríamos que alojar en el departamento debido a que era probable que no existiera movilización y también era lógico pensar en disturbios callejeros.

 

Al día siguiente el presidente Piñera anunciaba que estábamos en guerra cuando tan sólo unas semanas antes él mismo proclamaba un oasis. Nos tenía acostumbrado a esas declaraciones desafortunadas como las del día en que invitó a los venezolanos a escapar de su país. No le vamos a echar toda la culpa del posterior descontrol migratorio, pero de que ayudó, claro que lo hizo. La declaración de guerra era un voladero de luces y las propias fuerzas armadas contradijeron sus palabras. De hecho, los militares no se apostaron a defender las estaciones del Metro y a muchos les constaba que la fuerza pública no había intervenido ante los incendios. Deben haber pensado en sacar réditos políticos, pero en los hechos las estaciones permanecieron sin custodia durante los días posteriores.

 

Uno de los invitados a la reunión se ofreció a acercarnos a nuestras casas. Ese día me dejaron cerca de la estación Vicente Valdés cuyas puertas estaban cerradas. Estaba amaneciendo y caminé hacia el sur por Vicuña Mackenna. Al llegar a Rojas Magallanes observé las puertas de la estación derribadas. Subí las escaleras y la boletería estaba quemada junto a los cajeros automáticos. Todo el piso estaba tapizado de vidrios y algunas personas husmeaban entre los restos. Cottet me contaba por celular que la estación Trinidad había sido dañada gravemente. Seguí caminando bajo las plataformas de tren subterráneo y las calles lucían desiertas. No había casas dañadas, pero el ambiente estaba cargado de algo similar al pesimismo. La gente no salía de sus casas rumbo al trabajo. Tampoco existía locomoción y la avenida no lucía su flujo habitual de autos. Antes de llegar a casa de Cristian observé los destrozos en estación Trinidad. No me parecieron muy distintos a los de la estación anterior. Las puertas estaban destruidas y tampoco había nadie custodiando los alrededores. Ni carabineros ni personal de Metro, el lugar estaba abandonado a su suerte. Doblé en la esquina y Cristian estaba despierto. Tomamos desayuno y se mostró tranquilo. Ninguna teoría conspirativa, sólo constatar que habíamos quedado aislados y que todos los cajeros a la redonda habían sido destruidos. Los negocios funcionaban y aceptaban tarjetas de crédito, por lo menos estaba asegurado el abastecimiento para los próximos días. Primeras preocupaciones ante el caos en que amaneció la ciudad.

 

Al día siguiente, con Cristian subimos las escaleras de la estación cercana y yo constaté que había sido atacada en los mismos puntos que la estación Rojas Magallanes. Subimos a las vías del tren y nos fuimos caminando hasta el siguiente nudo. San José de la Estrella también había sido vandalizada, salimos del andén y nos percatamos del daño a las instalaciones eléctricas. Le dije a Cristian que en todas ellas habían desmontado los paneles, siempre en el mismo punto y arrancado la parte neurálgica de la red. Volvimos a subir a las vías y Los Quillayes manifestaba daños en los lugares habituales. Seguimos las vías hasta Elisa Correa, pero aquí nos encontramos con algo dantesco. Muchos carros incendiados, convoys enteros absolutamente quemados. Ingresamos a los vagones que habían sido arrasados por el fuego. Era evidente que habían usado combustible, lucían igual que los buses quemados en las protestas a las afueras de Beauchef en tiempos de dictadura. Tantas veces observé buses reducidos a escombros en cosa de minutos.  Esto era parecido, pero a una escala amplificada. La estación Sótero del Río era la única que se había salvado de las llamas, una especie de consciencia social por no alterar el entorno de uno de los grandes hospitales de la capital.

 

En los meses siguientes se reunía una muchedumbre a quemar neumáticos a los pies de estación Trinidad. Puntualmente a las seis se iniciaban los disturbios, pero esta vez eran aplacados por la fuerza policial. La quema de las estaciones del Metro fue una potente señal que fue ganando adeptos que se reunían todos los días en la Plaza Italia. Cottet anotaba en su bitácora lo que sucedía todos los días. A veces entrevistaba a algunos integrantes de la primera línea. En su tiempo militó en el MIR y había luchado contra la represión de Pinochet. Jamás aventuró una explicación de lo sucedido al tren subterráneo, pienso que estaba sorprendido de la planificación rigurosa de todos los eventos. Pero cada vez que conversamos en la rebautizada Plaza Dignidad, siempre vimos una violencia desbordada contra la policía. Se les iba la vida gritando contra unos tipos que tenían que contener los disturbios todos los días. Un partido de fútbol que necesitaba de dos equipos, los que lanzaban piedras desde las barricadas y los que tiraban bombas lacrimógenas. Se transformó en un deporte, pero las fuerzas fueron mermando y el partido se empezó a jugar sólo los viernes. Todo fue orquestado desde el primer momento, pero los abusos de políticos y empresarios a lo largo de la última década fueron el combustible real de ese estallido social.

PRONTA APARICIÓN DE UNA NUEVA EDICIÓN DEL MAGNÍFICO LIBRO DE JOSÉ ANTONIO MAZZOTTI "COROS MESTIZOS DEL INCA GARCILASO, RESONANCIAS ANDINAS" (EDITORIAL HORIZONTE, 2023)



 


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