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"Soy un bicho de la tierra como cualquier ser humano, con cualidades y defectos, con errores y aciertos, -déjenme quedarme así- con mi memoria, ahora que yo soy. No quiero olvidar nada."



José Saramago

lunes, 22 de mayo de 2017

POEMAS DE "CAMILLE" NUEVO LIBRO DE LA POETA CHILENA ANA ROSA BUSTAMANTE




CAMILLE
(1864-1943)

Ana Rosa Bustamante

"Tras apoderarse de la obra realizada a lo largo de toda mi vida, me obligan a cumplir los años de prisión que tanto merecían ellos……no quede yo para siempre en esta nada con barrotes que es la prisión de locos, donde mi madre y todos ustedes me han confinado, por haber tratado de ser Camille y mujer, Camille y artista, Camille y amante y libre”.



El beso de mármol

Cuando sea un árbol voy a parar  al viento
en la  rama turgente del invierno
viendo  las aves en su vuelo  que van a otro lugar,
cuando navegue  los ríos con el sedimento en mi boca, 
mis manos de sordos hablaran por los ojos inertes del metal,
con ese lodo, con ese ruido
voy a defender   el  sol  en mis latidos,  el crujido
de mi casa en la rivera donde solía soñar,
y las hojas de mi  historia  cinceladas con  la lumbre
de la oscuridad,  las borre mi sangre
cuando vuelvan con el viento.

La araña  no hila y
no hay perros que avisen,
no hay gritos,  manchas confusas,  niños,
somos los fallidos, los perdidos, fósiles dormidos,
todo está tranquilo  al final de los años,
que unimos horas iguales a la derrota
y nos murmura solo el sol y el agua y la urbe no me recuerda,
mi mano no da señas, si ya casi estoy dormida.



Cuando sea un árbol,  no tendré que ver con la pena,
Clotho es un adorno en el jardín, un virtuoso habitante
sin agosto sin ángeles sin pensamientos.

Cuando en mis raíces los brazos de un difunto  surquen
el frío del mármol,    abrigaré su espalda,
por los estandartes que ya no flamean,
y la primavera  en mi corteza  tejerá  flores que llevarán
al cementerio,  lazo turbio
la fiereza de los que guían el mundo.
No sé dónde estaré aparcada mintiendo a eruditos
y a beatos por ese cuerpo frío,
por ese llanto tieso,
cuando mi voz calle a la lluvia su caída, silenciándome
como un buitre poderoso sobrevolando tu corona,
el pensamiento displicente  al tamboreo,
no pretenderá  satisfacer a la palma cóncava con sed
en esa habitación 
la muda quietud de mi  herida.



Mis frutos serán comidos sin más luz que mi osamenta,
desnuda,  fría,   maté a la que fui y el caduco cielo
vació los remos,
desde entonces,    en  mi casa estoy   mirando los gestos 
errando  sin saber adónde ir.

No logro esculpir  mi viaje,  una garra atesta
en mi cuarto,
cuando sea un árbol solo en el desierto, impunes
van a hundirme  en mis entrañas,    el corazón de una gacela
y  preguntarán por mí al final de mis días
si  hay una que muerde en primavera,
el diente ausente se nota,  enfin.

No tolero ordenada la bandada      sin mis patas  sigilosas
que migran la absurda rinconada
con sed y hambre,
una gota de sangre marcada    debajo de mi lana
por el comprador.

Cuando alto era el vuelo me volvía pájaro y oveja negra
que  el baladro remeció en  la urbe antes de saludar,
ahora  arrecia con un sueño deshilachado,
no hay  un cielo que escarmiente a la aherrojada
de mi vuelo mi peregrino tranco,  ni provisión   ni un gránulo
que en la vera de los tiempos sigan a esta aldea en la gloria,
entre mosaicos húmedos y grises estoy en realidad
tiritando,  a  contracorriente, 
la mutilación  un ardid de rumbos,
y mi garganta pide perdón,
emancipada de las burbujas,   el silencio aún me nombra,
mis cuerdas merodean las  palabras en la ondulación
de la llama,
la  duermevela de mi velador,
el  bronce  las yemas,
la brutal tempestad.
Pesa mi cadáver y el  hilo se corta en lo  más fino,
porque  mi sudario está gastado y  no hay nadie
que me reconozca, 
la flor marchita  tragada a voluntad no se digiere,
y acelera el agua  el tiempo,  pasa
repartiéndose entre dos piedras,
como en un principio,
dónde estoy escurriéndome
y Ofelia me comprende;
quizás esté soñando,  y me lava la cara en su pajar,
que mi cara vuele en las plumas con mis ojos,
y la libertad se derrama como un felino sobre la alfombra, 
el aire,  la niebla azul, acaso el rocío en el frío, 
pero hay ratones hablando de penas.

Hiere la hebra, circula la arteria de mi desazón y la inocencia
la translúcida palabra mortífera,
la  venganza de  llevar  encendida la lámpara,
embriagada
y una noctámbula mujer  palpita buscándome a mí. 
¿Qué crimen lloré? como  albóndigas
revolví en mi corazón
todos los lanchones y
ahora,  temo  más a la luz  que prodigar la soledad.

Avanzan  en la costanera  las mujeres que no se dejan ver,
de soslayo en mi pelo  y  mis trancos ocultos,
se avergüenzan de mí.

El  árbol ya está viejo y se estancan las raíces,
y mi cabellera se esparce para su celo por la calle, 
ellas  liberan las caderas,
aman el goce de la noche y  el gen del deseo, 
la médula efervescente  para frotarla y dejarla ir
como un árbol anciano,  esas mujeres.
Y él, ya en madura edad,  revela una nueva puesta de sol
en mi umbral.

Celebración es una delación con  la testuz
de los corruptos
que circulan por la noche y
dice la  garza  al ritmo del aire,
que está dispuesta,  hermana, como tú
a montar la Piedra Feliz con el  escorpión azul
que nos da su color
para el veneno.



Voy con un vestido sensorial y cualquiera lo levanta,
me roza en un sendero,  agitado por pecíolos roncos
que suavizan mi enojo
con la envolvente palabra del que sueña el desparpajo,
el que me hará su lucha, la posterior fama, 
el martillo que hundo en la mesa y la sonrisa
en la canícula de un cuarto hacinado, 
encerrará los botones en mis vestidos inmóviles y   
qué duro es estar sola con tanto grito dentro.
Para no herir su recuerdo,  su maternal enseñanza,
he huido,  mil veces besé su mano en la materia,
beso de mármol hoy en un museo.

Mujer que enrojece al sonreír y deja ver su encía,
encía de un tigre en celo  que olfatea la piedra,
por si un tatuaje sangra la palabra amor.

Flaqueza que en sus huesos zumba
en una madrugada temerosa
en una violenta sacudida
de  sábanas que llega con  la mirada al techo,
y rumbo al taller de los narcisos umbría roca
aceitada madera que duele antes
que se haya reventado  en la alfombra,
y florecía la arrogancia como un mar sin playa, 
levanta su brazo guiando a los que con sus pábulos en ristra, 
su corazón  arrastran de día
y sus vestidos  estilan  inverosímiles certezas, 
nunca ríe,  nunca llora  y   reina en la marmórea realidad
de una artista,
porque así existe.

El techo derrite  el cerezo con sus nidos de  pájaros
que llegaron hace mil años el último invierno,
aún espero un trino
y hay  nombres escritos sobre el destello,  una roca aparecida
de la noche a la mañana detiene  el torrente en dos, 
en dos. 
Y  levanto la mirada a su sonrisa, como si el ojo
esparcido me hablara y quisiera quedarse botado
entre las ramas.

Vomito polvo.
Un túnel abandonado y su   esplendor por los lados, 
esa atrevida oscuridad que en el centro
 runrunea a contra corriente
y sigue un puente,  el ruido del río  subyuga  y   destruye 
el oído con   la materia que expulsa  el cauce
en la rótula de tanto correr.
Y una boca de caballo se nos parece,
una concha marina que nos trae el mar,
la  cantiga de mi derrota, la luz que duele
cuando amenazo a una cerviz,
y me quedo muy sola
en la acaramelada tempestad que  usó mi nombre,
Camille,
y hay  raíces que muestran   rostros en la tierra y  las  aviento
las despedazo
con mi garra el día de  San Juan
y con fuego  de mi boca quemé
los tallos que me ahorcaron.



Los hilos dorados de mi falda sin cuarto de lujo
ni sueños  ni posesión que lucir en público
ni ceremonia, ni catedral,  recorrieron mis muslos sus manos
sin solemnidad,
el  órgano en sus notas daba en revolcar
sus sandalias lustrosas,  indescifrablemente.

Comparaban  mis rasgos con medusas ocultas y
lombrices  amanecidas resoplando lodo al sol
y fui escarbando  la maleza,
inquieta como un haz en penumbra,   redoblando
en golpe de hoja  todo  mi vigor
y mis labios escarchados,   heridos , santos,
quizás no tan santos,
hablan en mi sien,
dándome clamor en la antesala y mi costilla clama,
para quedarse en la escalada hacia algún confín
en mis últimos años.



No tengo aureola. El reflector en mi ventana
que da a mi sien lleva  poderes y mis manos
y mis pasos férreos
son mi lánguida actitud mirando la puérpera
abigarrada  de dolores,
imagen pegada  en la pared,
que  alimenta
el menudo peñón que me aduerme
esperando la justa repartición de mis obras polvorientas
y llorosas
que en mi matriz pusieron cruz y seña
desde el cielo lleno de cuentos inconclusos,

y rasgo el hueso que me cruza el  silencio
la provisión peligrosa de mi palabra
el  sustrato de mi lengua ,  su sustancia
la esencia del hueso, el veneno, el antígeno,
enfin,
el aceite marino de una gaviota
remedando  a la diva  del  espejo,

voy  a martirizar los caminos me dice

hasta hacer caber mis zapatos.


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