Estaba tomando whisky en el "White Horse" de Nueva York, en el West Village, había hecho un gran esfuerzo para encontrarlo, había ido por la calle Hudson y había pasado las Casas Gemelas y me había acercado al río, y ahora estaba allí sin saber qué sentir, mirando las imágenes de Dylan en las paredes, y sintiéndome igual de interesante y de visionario que Dylan, como si me recorrieran las ondas de la poesía y de la profecía y de la fiebre céltica, como si pudiera fascinar y trastornar a todo el mundo igual que él a través de la radio, como si pudiera conseguir que mis recitales fueran vivencias y revulsivos y reminiscencias para miles de personas que no leen poesía, como si pudiera electrizar a la gente a los dos lados del océano, estaba allí sin saber qué sentir, pero profundamente emocionado y asombrado, y me acordé de cuando Dylan dijo: «Creo que he batido un récord, me he tomado 19 whiskies», y después se fue a morir al Chelsea Hotel. Poco después yo iría por allí como una rata nostálgica para evocar su aliento, y me entraron ganas de hacer yo también algo desaforado y decisivo como él, pero me daba miedo y pereza meterme en el delirium tremens en esos momentos, prefería llegar otra vez al hotel Carlton Arms y ver todas las pinturas que llenaban las paredes, me vi como un clochard peregrinando detrás de la poesía de verdad por las calles de Nueva York, la poesía que te hace sentir frío y fiebre entre los coches y no solo sirve para contar los sustantivos en un departamento académico.
Le pedí whisky a la camarera y quise que cada trago me supiera como un poema de Dylan, y pensé en recitarle a la camarera un poema del galés como una vez le había recitado un poema mío a una empleada alucinada de la Biblioteca del Arsenal en París, pero en realidad me lo recité a mí mismo, ése que dice que la muerte jamás triunfará, que aunque los enamorados se vayan seguirá el amor, que aunque las personas se vayan quedará la tierra, y me acordé de cómo lo recitaba Sean Penn en una película de gangsters cuyo título no recuerdo, me quedé impresionado como siempre, me dije: ¿ves?, siempre está esa pasión de los europeos, ese tono heroico y visionario, y luego me puse a recitar en voz baja ‘Visión y oración’, ‘En la rodilla del gigante blanco’, ‘El cumpleaños’, tuve una charla conmigo mismo sobre el cristianismo y el celtismo de Thomas, dicen que Europa empieza en Grecia, me dije, pero los europeos tienen muchas más aportaciones, por ejemplo los celtas, que les hablan de las hadas, del infinito, de una naturaleza misteriosa, de los mares, de visiones, y también el cristianismo, me dije que sí, que a nosotros se nos había desgastado el cristianismo, pero que Thomas lo exponía de una manera tan dramática, tan apasionada, tan visionaria, que de verdad nos sacudía con los profetas, la resurrección, el nacimiento de Dios, el milagro, el espíritu incendiándolo todo, para Thomas la gracia sí que era algo que nos trastornaba completamente y sacudía hasta a los muertos, y tenía tanta pasión que hasta le decía a su padre que no entrara tranquilamente en la noche callada.
Y en aquel pub lleno de gente que hablaba en mitad de
sus imágenes, junto a su cara mofletuda y sus ojos hinchados, parecía que todo
cobraba vida y que nosotros nos volvíamos también milagrosos y extraordinarios
como quería Dylan Thomas, ese poeta quería enloquecernos a todos y sacarnos del
marasmo, incluso usted se pone inspirado cuando recita sus poemas, me dije a mí
mismo, yo dije que sí, que Dylan Thomas quería el Apocalipsis, quería que
todo se revelara y se saliera de madre dramáticamente, que pusiéramos las
cartas encima de la mesa y nos llenáramos de vida otra vez, que viniera Cristo
en ese mismo momento a alucinarnos de nuevo, y parecía como si Dios
estuviera apareciendo de verdad en aquel pub, lo que quiso Thomas, dije, fue
sacudir el aburrimiento de Europa y que todos viéramos visiones continuamente,
es que no hemos parado de ver visiones, me dije, y eso es el encanto de Europa,
ustedes han ido con sus visiones a otras culturas que parecían llevar miles de
años sin cambiar nada, me dije, ustedes inventaron la Historia, la Historia
puede ser terrible, contesté, yo creo que lo que Dylan quiso fue superar la
Historia y traer el mito, librarnos de la Historia, sí, me contesté, pero la
Historia también es vida, es relámpago, en otros continentes durante miles de
años no pasaba nada, la Historia demostraba que ustedes los europeos taban
vivos. Durante horas en mitad del
murmullo me repetí los poemas de Dylan Thomas y parecía vivirlos intensamente,
me había sugerido a mí mismo muchas veces ir a Gales a visitar los lugares de
Dylan, hay una casa en un barco en la bahía de Laugharne donde vivió los
últimos años, pero nunca me decidía, sin embargo me gustaba repetir sus poemas
en mitad del jaleo, y estaba tan emocionado que estaba a punto de dormirme, y
ya se sabe que en esos momentos nos abrimos más a nuestro inconsciente y
cobramos lucidez, y recité el poema ‘Visión y oración’ y sentí como si Europa
entera estuviera trastornada, con todas las ciudades llenas de visiones, con
los monumentos más relucientes, con la gente más inspirada diciéndose cosas en
los bares, con las parejas amándose más profundamente en las habitaciones, y
todo aquello también pasaba en Nueva York por la gracia de Dylan Thomas. Y luego me levanté y me
dirigí al Chelsea Hotel, y entré como un mendigo a mirar furtivamente las
fotos, como un escritor menesteroso y bohemio que apenas puede pagar el
Carlton Arms, y me dije que allí había muerto el poeta, y yo me morí
también un poco, de melancolía, de nostalgia, de exaltación, de deseo de
haberme emborrachado con él, de caminar como dos cachorros por las afueras de
Swansea, y ahora que Dylan cumple cien años me acuerdo de aquellos días, y me
digo: que joven estás, Dylan, un día de éstos tenemos que ir a tomar unos
whiskies por Huertas.
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