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"Soy un bicho de la tierra como cualquier ser humano, con cualidades y defectos, con errores y aciertos, -déjenme quedarme así- con mi memoria, ahora que yo soy. No quiero olvidar nada."



José Saramago

viernes, 1 de octubre de 2010

A TREINTA AÑOS DE ESCRITURA. ANTOLOGÍA PERSONAL. "RÉQUIEM"



(Réquiem. Editorial Universitaria. Santiago de Chile, 2001)



I. INTROITUS - KIRIE




El descanso sea nuestro alguna vez:


Que sea el mar o el cielo la mortaja
y cubran los dolores, las miserias
los pasos del arcángel que destruye
la sombra del rencor, la mala suerte,
la angustia del no saber por qué
(y estar seguro)
de todas las desgracias reunidas
en esta travesía del desierto,
en estas piedras romas por el llanto.


Sea para todos la justicia,
la sabia luz del sol a mediodía,
la paz que nos promete la conciencia
aún después del odio desatado.


Las voces de los muertos lo reclaman,
las voces del corrupto,
del caído,
las voces del demente,
del hereje.


Sea para ellos y nosotros
alguna vez, un día, la esperanza.


Kyrie, eleison. Kyrie, eleison. Kyrie, eleison.






II. DIES IRAE




Al iris de la sombra de un ojo en la memoria,
al cóncavo y convexo espejo iluminado,
a la silueta exacta sorprendida en ascuas,
al número prohibido que guarda más secretos,
a los inmensos-graves-conflictos-pasajeros,
a las tormentas huecas de pasiones muertas,
al universo en grietas, abriéndose o cerrando
las puertas y cometas que ascienden al delirio,
a los perfectos pasos que aún resuenan sordos
y a los perdidos pasos de quien ya no regresa,
al agua, al fuego, al cielo terrible de Tus Iras,
a todas esas piedras que cubren a los muertos
y a los gusanos hartos de tan humana carne,
al sol que ya ni entibia las tardes recordadas,
al pérfido dolor de los insomnios diarios,
a la belleza turbia de lo que no es hermoso
y al río que devuelve sus peces en veneno,
a la saqueada aldea, a la ciudad en llamas,
a la justicia a solas, a la memoria inquieta,
a todo lo que cae del tórrido verano:



Un largo adiós sin música de orquestas en sordina.


Silencio entero, lleno de noches sin mañana.


(A Stella Díaz Varín)






III. TUBA MIRUM SPARGENS SONUM

 Tuba, mirum spargens sonum
per sepulcra regionum,
coget omnes ante thronum.


Mor stupebit et natura,
cum resurget creatura,
Judicanti responsura.




Como el barco que navega a un puerto imaginario
o una brisa de aguas que corre dando gritos
cuando las nubes piden sigilo y compostura
por los caminos vienen desnudas multitudes
quejándose sus huesos, tras el desierto, en luto
por dioses que se han ido y héroes que lloran
sin pudor ni gracia, sin dignidad ninguna.


Es el castigo entonces, la mano del destino,
una tragedia en medio de todas las tragedias:
borrasca de las guerras, del hambre, de la sangre,
mendrugos de algún pan quemado sin su dueño.


Que lloren y que salten, que hundan sus pisadas
en este estiércol blando de buenas intenciones:


Los náufragos se quedan anclados en la playa
como si el mundo fuera una fila inmensa
que espera su momento, su plazo, su agonía
y nada más importa, la lluvia o un cadalso,
el lápiz que desanda su línea y su elegancia
en el instante frío de una fiebre curva.


Como si el mundo fuera un cuerpo, una cabeza
y al mediodía justo cayera la guadaña.






IV. LIBER SCRIPTUS


Liber scriptus proferetur
in quo totum continetur
unde mundus judicetur




Ha quebrado el aire con su huella roma,
no desciende al valle ni le roza el viento,
pero el profeta habla del tiempo y el presente,
enseña paraísos, construye los infiernos
y una multitud repite sus palabras.


Lo escrito permanece oscuro en esta noche,
las claves se perdieron, los libros envejecen,
pero esa multitud ansiosa de lo fácil
marchita su conciencia tras una bofetada.


La ley de la esperanza engendra cementerios:
vendrán tiempos aciagos y guerras, despedidas.
Los animales gruñen inquietos por su presa.


Entonces una luz, el cielo, los arcángeles,
entonces los planetas, el coro de los astros,
entonces nuestra tierra, los muertos, el silencio…


Cualquier desastre ampara la reflexión del miedo.
Cualquier apocalípsis desata un mar de llanto.


El hosco recorrer de los milenios ríe:


Ningún profeta sabio, ningún anuncio claro.


Lo saben esas piedras que escriben el desierto.






V. QUID SUM MISER TUNC DICTURUS?




Mortaja de difunto, piedra rota,
pájaro desecho por las nubes,
resabio de las olas que no rompen,
verano sin calor y sin estrellas.


Ángel que ni fiero ni mortal,
ángel de clamor que ya no vela:


¿A qué le teme el cielo en las alturas?





VI. REX TREMENDAE




El Dios que nos inunda en la desgracia.
El Dios de espinas, llagas y sicilicios.
El Dios de la venganza en este ojo.
El Dios que permitió la muerte injusta.


El Dios inmenso, todo, omnipotente.
El Único, la Voz, el Trueno, el Odio.


El Dios que abrió la puerta del infierno:


El Dios que hizo al hombre y a este mundo.






VII. RECORDARE




El viento agita soles en los ojos
cubiertos por el polvo, en polvo quietos
y riega de inquietud, de ausencia o llanto
la interminable huella de la erosión primera
o ese vago ardor de las ideas,
o ese limpio océano de huesos que resbalan
en la conciencia sola, a oscuras de la luna.


Barre el viento calles del largo cementerio:
del buque a la deriva a la estación quemante,
de la revolución hasta el sometimiento,
de larvas y gusanos a líquenes e insectos.


Todo permanece: nada permanece,
un error del cielo o una copia espúrea:


Equilibrio magro de átomos y espacio,
ruin materia entonces pudriéndose en la cuna,
agua que no es agua: luz que nunca brilla,
engaño tras engaño de los recuerdos, tumba.



Que suene entre los muros la voz del gran vacío,
que agite al sol de nuevo el viento que no cesa.


La memoria olvida, la tierra no florece.






VIII. INGEMISCO




Las preguntas sin respuesta: las preguntas,
aquellas en que todo el mundo cesa,
se ahoga, se abandona, no se mueve
y en medio de la tarde o por la noche
gimen como un rayo en la cabeza.


El Dios que no responde a las preguntas,
el Dios que resucita y no contesta,
el Dios como un testigo inconmovible,
como si el sol se hundiera en las tinieblas,
como si el clavo abriera las muñecas
y nada o nadie fuera ni siquiera
capaz de estremecerse en la ternura.


Entonces las preguntas, las preguntas,
el hábito de asombro, nuestras dudas
jamás, quizá, jamás o tal vez pronto
habrán de contestarse ahora o nunca.






IX. CONFUTATIS




La dicha se detiene y en la tregua,
el sol enmudecido desoyendo
la música del hondo ritmo lento
de pájaros y auroras, de la sangre
no hiere más aún que el desamparo
de líquenes, de piedra, del perdido.
Inquieta este vaivén de agujas rotas
clavándose en la espalda de la tierra,
el tiempo y sus relojes, las mentiras
de un ronco, helado, sordo agraz sonido
que quiere parecer un grito hueco
y sólo es el reflejo, no del sol,
de edades no vividas en la sombra.
Ni el ciego frente al fuego lo imagina,
ni barcos, ni galeras lo navegan,
tampoco el niño ausente en el espejo
que quiere madurar en un instante.
El cerco de las voces lo proclaman
y en vano los augurios lo presagian.
No cabe en el futuro si es presente,
no rompe el hoy cabal, confuso, inerte.
El canto de los búhos, de sirenas
parece deshacerlo en una mezcla
de húmedos placeres y congojas,
pero el mármol permanece y el granito
nos hunde en la memoria sin razón.
Tampoco las escasas confesiones
consiguen espantar su cruel mirada:
la hiena no reposa ante la muerte
ni sacia más sus dientes en la gula.
La aguda campanada no es alerta:
el cielo no desanda sus pisadas
ni aquieta el mar de llanto estremecido.
No hay piedad ninguna ni descanso,
hileras de difuntos lo confirman.


(El árbol no da sombra ni estremece
el fruto la cabeza del curioso).


Un hálito de niebla entre los ojos,
la súbita caricia que desnuda,
algo en esa unánime oquedad
de arenas que despeñan más arenas.


Desorbitado engaño del reflejo
que acaba tras el ágil parpadeo
de sueños no cumplidos, de palabras
perfectamente muertas en la lengua.


Relámpagos de ciencia entre los dedos,
sonidos que ensordecen la estampida
de una multitud que ya no escucha
el desgarrado pálpito de Dios.


La dicha se detiene en un segundo.


Aquel instante lleno de un instante.


El ruido de los huesos fracturados
no cesa de tronar despavorido.


La niña que jugaba lo adivina:


No hay fin en el final, en la desgracia:


El mundo nunca estuvo, nunca estuvo.






X. LACRIMOSA



Lacrimosa dies illa,
qua resurget ex favilla
judicandus homo reus




El alba se descubre en el rumor del agua
que trae más tormentas y sinsabor de días
entumecidos, yertos, vacíos de palabras,
hondos en sus mares de un granizo estéril.


El niño no sonríe ni llora, ya no gime:


El diluvio anuncia el Paraíso muerto.






XI. DOMINE




Del Purgatorio en llamas que cubre sus pisadas
y de los huesos secos que forman sus recuerdos,
libéralos entonces porque la Luz existe
y el pacto del profeta se cumplirá en el tiempo.


Del miedo interminable de noches sin auroras,
perdidos en su llanto, en su miseria sola,
libéralos ahora cuando se muere el mar.


Porque si cae el cielo y nada los consuela,
porque si nadie baila al ritmo de Tu Gracia,
peor es la memoria que nunca nos perdona,
peor es el silencio de un infierno muerto.






XII. HOSTIAS




El paisaje negro de la ciudad humeante,
la descarga estéril del odio incalculable;
millones y millones que lloran a millones
de muertos que agonizan en un dolor sin fin.


Los mártires del trigo segado por el hambre,
los que la peste ama y en su belleza humilla;
los niños casi hombres sin patria, sin asombro
y el cáliz de una sangre sin santidad ni cielo.


Recibe Tú la ofrenda de un siglo deslumbrante,
entre sus altas torres, sus viajes, sus milagros,
sus campos de exterminio, su ciega indiferencia,
sus cánceres y sidas, su pensamiento inquieto
y un amor enfermo, terrible, vergonzante
por el espejo roto del egoísmo hermoso.


No desprecies nada, recibe Tú la ofrenda:


La cruz como un estigma, el llanto como un rezo.


El sacrificio sordo de una grey sin Dios.




XIII. SANCTUS




Santa es esa piedra que baja de los montes,
santo es el follaje de árboles mecidos
por el santo viento de la tarde inquieta.


Santos los relojes, las escaleras santas,
santo es el espejo y el iris que lo sueña.


Santo en las alturas, en las profundidades
el hombre que levanta su casa contra el rayo.


Santo el mundo entero en su esperanza ciega:


Santo Dios que aguarda paciente su Venida.






XIV. BENEDICTUS




La imaginación herida y el desarme,
la gran hipocresía de los bancos,
el tiempo que sin tregua, que sin más;
la voz que no resuena, las señales,
la imagen seductora, la vil muerte:




Hosanna in excelsis. Hosanna in excelsis.






XV. AGNUS DEI




Caín:
-Cordero de mi Dios que lavas esta mancha de la frente...




Luzbel:
-Cordero de mi Dios que salvas a tus siervos en desgracia...




Sodoma (Coro):
-Cordero de mi Dios que limpias estas llagas y cenizas:




Que el viento nos recorra en la alegría,
que el agua recupere su sabor,
que el cielo no se cierre a nuestro llanto,
que no sea la culpa el solo abrigo,
que el pan se multiplique en esta hambre.






Hitler:
-Que mi nombre siempre evoque la inmundicia...




Stalin:
-Que el castigo nunca ceje en mi desgracia...




Hiroshima (Coro):
-Que el vacío solo cuelgue en el vacío:




Amapolas y gaviotas, perros, algas, caracoles,
gusanos con encinas, rameras, alacranes,
vísceras calientes, gritos, desperdicios,
humo en las ciudades derrotadas,
fractura de los huesos, voz quemante:




La Tierra (coro):
-Cordero de mi Dios, cordero mío...




Jesús:
-Ten misericordia de tu pueblo.



XVI. LUX AETERNA




La gota de esperanza sobre una gota roja
que en un hilillo seco recorre cada año
los siglos que enriquecen los huesos y memorias
de una vida entera, de una ola rota.


La paz que nos inunda tras el amor desnudo
y el eco de otro eco en las profundidades,
todo se levanta desde su cruel descanso
para volver al paso, al ámbar, a la sola
sensación extraña del movimiento grácil
que alguna vez tuvieron los nervios y la carne.


Resurrección del átomo henchido de cenizas,
resurrección del hijo que los padres sepultaron,
resurrección de tardes y noches y mañanas
perdidas en el hueco del yerto cementerio.


La luz que se encarama detrás de las montañas,
el rayo electrizante de esa mirada quieta,
la sombra de una sombra que nos devuelve claro
el don de las palabras vacías y perfectas:


Todo se levanta y grita sus desdichas,
sus ansias, su destino, sus odios, sus pesares.
Todo se aquilata al fondo del océano
que inunda la alegría del elegido en vano.


Nadie nos precede y nadie nos espera:
nadie estuvo nunca ni nadie seguirá;
nadie en este sueño de dioses que imaginan
la tierra, los planetas, los mundos, las estrellas.


Sólo en esa gota de sangre, de esperanza,
en ese hilillo quieto que rueda en la memoria;
allí sin más acentos, ni lenguas, ni palabras,
en ese gesto de ángel, de tiempo, de palomas,
allí habita el hombre que espera por los dioses,
allí habitan dioses que creen en el hombre.






XVII. LIBERA ME




Del tiempo que nos cruza como un trueno congelado,
del plazo y de las deudas con vivos y con muertos,
de la blasfemia dicha por la injusticia siempre,
de todas las mentiras que nos envenenaron
y todas las mentiras aún no pronunciadas.


Del agua y la esperanza de sanación en vida,
de los profetas ciegos, de la verdad a medias,
del grito, de la sangre, de los terrores diarios
y del vacío pleno en soledad de cárcel.


Jamás de la hecatombe, del juicio indispensable
que habrá de ensombrecer el ceño de las madres;
jamás de los castigos por las cenizas mudas:
el precipicio amargo del despeñado en culpa.


Libérame del hierro que destrozó la risa,
libérame del pan de la falsía indigna,
libérame del miedo al rayo que somete.


Libérame, mi Dios, del propio corazón.

2 comentarios:

poetadelcerro dijo...

!Notable poeta!

maria dijo...

Andrés :porqué será que nos es más fácil escribir de nuestras penas que alegrías ?