En alguna parte de mi casa se esconde
una foto y unos garabatos literarios desde donde se puede articular el desastre
que viene a continuación. Se miran las manos, los ojos se distancian y no
tomamos lo que nos corresponde.
“Voces en mi cabeza” no
es un libro para leer en noche de lluvia, más bien es el rescoldo de una
generación que debió lidiar al límite de la vida y de la muerte. Una generación
apegada al límite. Un límite que cobija la autodestrucción, el suicidio casi
colectivo, apegado al borde de la historia y el abismo. Yo mantengo una amistad
con el personaje, yo soy la voz que alimenta esa autodestrucción que tampoco es
héroe caído en los bordes sin que pueda reconocerse desde la aguja tentadora,
manipuladora y reconocido como Daniel.
Esto no es una novela ni
un ensayo que derrita la nieve. Mas bien es un racconto del bombardeo de La Moneda,
los Detenidos Desaparecidos, los ejecutores de las voces que aún piden algo de
justicia. Daniel y Victoria le deben ese espacio en esta historia de agujas, de
la no materia, es cierta verdad dejada de lado.
Hoy es el
día donde comienza la tristeza, el lloro de los perros, la forma de vestirnos
de otro traje, pareciera que no se abrirán los entusiasmos de la lluvia y el
viento y dos recuerdos de mi madre lavando en pleno patio. Hoy no solo es un
recuerdo de la sonrisa que me deja cada vez que aparece entre sábanas y lluvias.
Esto es la distancia y ella mirándonos silenciosa.
“Voces en mi cabeza” no
se puede leer desde una literatura formal. No se puede traer los gritos, los
fusilamientos, que nos actualizan en textos como este “Cada vez que jalo una
línea, aumenta la sensación de libertad”. Insisten las voces ocultas en el
miedo. Todo es miedo. Todo se reconoce en la derrota. Fuimos revolucionarios y
el eco retumba para recordar los momentos de libertad. No hicimos una revolución
desde sillones de felpa, pero abandonamos el golpe de vida. Esto es lo que aquella
generación nos hace ver a la distancia. Todo puede cambiar, menos el deseo de
llorar.
Desde esta distancia,
Aníbal Ricci desnuda este momento histórico y pone las cartas sobre la mesa,
que es la mesa desde donde liberamos los sueños. Ya no somos revolucionaros, no
somos hippies pero sin excusas lo reconocemos. A veces quedamos en estado de
ensoñación. A veces deletreamos nombres que se repiten entre las mismas palabras
y ella me invitó a
tomar una pilsen yo le dije que se llaman cervezas... sin darme cuenta no la vi
mucho estos años hoy por la tarde nos veremos en un clandestino que tienen una
chicha que levanta muertos. Estoy sentado en la
vereda sin saber por dónde llego hasta la puerta. Estoy con miedo, con espanto
y no tengo esa pequeña ventana para observar el sueño de su cuerpo.
Estamos
frente a los abandonos y este libro es un desafío de justicia. No importa que
debamos hacernos los buenos muchachos. Lo importante descansa en reconocer
nuestras vidas. Todo el resto lo señala Ricci en su forma y su desvelo.
Somos la
generación del desborde. Un arma de fuego simula las estrategias de la policía,
la policía de las amistades, la desconfianza hecha acero. El presidente
Salvador Allende es el aire que refresca. El fantasma de Camilo Catrillanca
galopa entre jeringas. El mentado levantamiento popular se sobrepuso a un
fenómeno inesperado que ya se tragó millones de cristianos. Se
me va la memoria y no puedo tocar el hijo que naciera oculto, entre barros
gateo escupiendo lágrimas secas y quisiera ser la mentira de Jesús porque voy a
morir entre fantasmas desnudos, esto asusta, soy un poeta dejado de dioses y un
poco de cariño el frío cala y muerde entre mis dedos este planeta, nadie sabe
quién está vivo y quién está muerto, sobrevivir es un acto de rebeldía y por ti
busqué un avión que mantenga las excusas de ese pequeño cóndor. A mí se me
olvido que en la calle se resbala y caes y puede ser un detalle, pero más
parece un golpe de la historia. A mí no se me olvida que en la calle se resbala.
En este libro del
escritor Aníbal Ricci desvela hasta su cuerpo vejado como lo somos todos. “Daniel
se oculta tras la esquizofrenia buscando escapar de un mundo abyecto en que el
personaje disfrazado de escritor intenta huir tras las palabras”. Esta
sentencia no es más que una línea en esa carta dejada bajo la cama del muchacho
que soñó tomar el cielo con sus manos. Por ello este libro no se lee, sino que
se resguarda para transformarla en futuro.
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